martes, 1 de febrero de 2011

Cuestiones de organización. 31 tesis insurreccionalistas.


A l@s compañer@s pres@s de la guerra social y muy especialmente a aquell@s que además de sufrir la cárcel han de soportar la verborrea de l@s ideólog@s seudorrevolucionari@s que desearían somerterl@s a sus propias limitaciones.

Prólogo
El texto que sigue pretende reemprender el debate sobre la organización desde una perspectiva anarquista. Tema viejo, siempre presente, nunca saldado, aunque existan quienes hayan encontrado la certeza en tal o cual modelo.

No te engañes, no encontrarás en las páginas que siguen ninguna novedad (maldita palabra de marketing), ya el siglo pasado se debatía en similares términos, ni tampoco recetas mágicas que nos ahorren el pensar y actuar, cuestionar, criticar y experimentar, si algo se intenta, es precisamente, incentivar esto mismo. Nos falta debate y comunicación, acción y experimentación, y nos sobran monotonías, certezas y modelos.

Estas “cuestiones de organización” son pretendidamente subjetivas e intencionadamente críticas.

Este texto que ya se define en el título como insurreccionalista por un tomar partido, surge del deseo de destruir lo existente y trata de indagar en los caminos que hagan posible la materialización de ese deseo, buscando desde la palabra el encuentro, en la palabra y la acción, con tod@s aquell@s induvidu@s insurgentes que mantienen viva la pasión demoledora de la libertad.

I. Siempre han existido dos tendencias visibles en el Movimiento Obrero. Una es tendencia etapista, que conservando las “victorias” parciales pretende fijarlas como peldaños ascendentes a la conquista del cielo. Otra es tendencia insurreccional que hace del presente momento mismo de posibilidad revolucionaria. En la práctica no han existido líneas precisas de demarcación de ambas tendencias. Las dos tendencias encuentran sus semejantes en el Movimiento libertario.

II. La tendencia etapista se define en la práctica de reivindicación como medio gradual de alcanzar transformaciones globales. Asumiendo la negociación con el Poder y posponiendo el enfrentamiento directo con éste. Fijando sus perspectivas revolucionarias en el futuro, trata de acumular en el presente el mayor número de adept@s a l@s cuales concienciar hasta que se den las condiciones (¿?) esenciales para un ideal asalto a los Palacios de Invierno. El crecimiento cuantitativo es consecuentemente su primer objetivo.

Este tendencia se ha organizado históricamente en estructuras clásicas (partidos, sindicatos, etc). La estructura clásica es representativa en tanto se erige en representante material o espiritual no sólo de sus miembr@s sino de todo el colectivo de explotad@s, convirtiéndose en el eje del “verdadero” movimiento proletario.

Desde aquí se impulsa y estimula la “conciencia de organización”, la pertenencia un grupo homogéneo por encima del/a individu@ del que se puede ser y con el cual te identificas y te identifican.

La estructura clásica, es estructura pesada que produce y reproduce aparatos burocráticos. Tiene sus comicios decisorios, comités representativos y ejecutivos, y un entramado de protocolos, vicios, y normativas.

Simbólicamente se concibe como guardián de la sangre de l@s mártires, del pasado glorioso, de los principios inamovibles. Estimulando el culto a la personalidad, bien sea del héroe/heroína muert@ o del/a destacad@ compañer@ viv@.

Las organizaciones pesadas son en si mismas conservadoras y tienden a preservarse en el tiempo a pesar que las coyunturas que las hicieran surgir se hayan modificado. Por ello una parte importante de su tiempo se dedica a realizar “análisis” y gestos que muestren la inefable necesidad “actualidad” del modelo organizativo. El resto de su tiempo se divide en las reivindicaciones concretas como forma de proselitismo; en la organización de la Organización llegándose al máximo de complejidad posible; y a la reproducción ideológica, teniendo en los referentes pasados una verificación de su existencia.

La tendencia etapista y las formas orgánicas que adopta nos muestran la permeabilidad en el Movimiento Obrero de los valores sistemáticos; la burocratización inherente a la organización pesada, la delegación del/a individu@ en el colectivo, el establecimiento de jerarquías difusas o regladas, la rentabilidad de la acción como valor de cambio, la acción como mercancía, la asunción de límites y programas mínimos, el reconocimiento del Poder como mediador a través de la negociación…

III. En el Movimiento Libertario se da, como reflejo del Movimiento Obrero, la tendencia etapista.

Esta tendencia cristaliza el modelo organizativo clásico compuesto por la organziación de masas, las organizaciones específicas y las organizaciones pantalla de tipo juvenil, de mujeres, culturales, etc.

Este modelo surgido a principios del siglo XX tiene un sentido lógico en el momento de su aparición, de crisis y reestructuración capitalista. En el se conjuga en forma de contradicción tanto la necesidad y deseo de autoorganización proletaria, como el reflejo de los cambios en curso que conducen a un nuevo modelo de acumulación capitalista.

En el desarrollo de este modelo se enfrentan y complementan las dos tendencias anunciadas. Por un lado se da la práctica reivindicativa de la tendencia etapista que consolida la estrutura pesada y las nacientes burocracias. Por otro lado se producen explosiones insurreccionales que rompen el etapismo y superan a la organización pesada en un sentido positivo.

La conyuntura histórica de crisis capitalista propicia tal contradicción. Esta puede observarse en la revolución española. Mientras las masas proletarias alentadas por la CNT-FAI desencadenan una revolución sin precedentes generando sus propios organismos autogestionarios, éstas serán a su vez, frenadas y estranguladas por la burocracia de la misma CNT-FAI, que no encontrará dificultades en alinearse con las otras burocracias “obreras” en organismos interclasistas, lo cual será justificado como “necesidad histórica”. El epílogo es la derrota del Movimiento Obrero insuficientemente fuerte y autónomo para anular y superar en la práctica insurreccional a sus propias organizaciones representativas.

IV. La tendencia insurreccional del movimiento obrero, no se identifica con formas regladas de organización sino a través de la práctica del ataque directo al Poder sin admitir negociación, diálogo o intermediario alguno con éste. Encuentra su razón de ser y extracción teórica en la acción colectiva o individual del proletariado consciente, que se revuelve contra los aparatos de dominación.

Su objetivo presente e inmediato es la destrucción de dichos aparatos.

La materialización de esta tendencia en el movimiento de masas, surge en todos los momentos de lucha directa que superan la mera reivindicación y se hacen dueñ@s de su propia vida y construcción histórica.

Nacen, en y desde el enfrentamiento y tienen en él su sentido, generando situaciones concretas de destrucción de lo existente y creación de realidades autogestionarias.

Las organizaciones gestadas en el movimiento insureccional de masas, sólo tienen su razón de ser en el instante concreto de la revuelta generalizada. Su construcción a priori o su mantenimiento posterior sólo las conduce a la practica reivindicativa y/o a la recuperación sistemática.

Desde l@s luditas a la insurrección albanesa encontramos las señas de identidad de esta tendencia donde explorar las posibilidades, siempre presentes, de su materialización actual.

V. La tendencia insurreccional del movimiento obrero ha tenido entre l@s libertari@s (incluyendo en este término a todos aquellos movimientos nominados o innominados que han desarrollado una práctica antiautoritaria y revolucionaria) a sus mayores animadores e impulsores. El enfrentamiento directo con el Poder y el deseo de destrucción inmediata de éste, son consustanciales al pensamiento y la práctica libertaria, que rechaza las “políticas de fase” y las representaciones simbólicas.

Si bien la plasmación de esta tendencia en el movimiento libertario no ha tenido las repercusiones “espectaculares” que ha podido tener la tendencia etapista, ella está presente en toda la historia libertaria con una práctica visible generadora de tensiones en el seno del movimiento libertario y del movimiento obrero. Sus reediciones más palpables corren parejas al desarrollo del movimiento obrero insurreccional y encuentran su fusión con éste a través de la catarsis revolucionaria.

El hecho de que el movimiento insurreccional libertario no tenga la magnitud espectacular del movimiento anarquista etapista se debe a sus mismas características. El movimiento insurreccional libertario no mantiene formas de organización pesadas, ni basa su acción en la acomulación cuantitativa, ni se erige en representante de nadie. No posee pues referencias estructurales palpables y sus señas de identidad siguen el curso del enfrentamiento directo y espontáneo del proletariado mientras éste no cae en la manipulación y recuperación de los aparatos burocráticos de las estructuas clásicas. Es, en consecuencia, un movimiento difuso, mayormente tangible en los momentos álgidos de insurrección de masas pero que perdura en los periodos de reflujo revolucionario en las mil y una formas que adquiere la revuelta (sabotajes, expropiaciones, absentismo,…).

Esta tendencia no se restringe tan sólo al hecho violento de la acción directa sino que como movimiento anarquista etapista, también se dota de medios formales de propaganda pero a diferencia de los otros tales medios sólo son herramientas para avanzar hacia el enfrentamiento y profundizar en la lucha insurreccional de las masas.

VI. Dos fenómenos son reseñables:

1. Que la tendencia etapista en el movimiento libertaria siente como un peligro la existencia del movimiento anarquista insurreccional. Pistoler@s, delincuentes, aventurer@s, provocadores, infiltrad@s, psicópatas, son algunos de los adjetivos que tanto el Poder como el/la “revolucionari@” etapista dedican a l@s insurgentes y aunque el etapista pueda admitir e incluso aplaudir la insurgencia lejana (en el tiempo o en el espacio) no la aceptará en el aquí y ahora.

Sus miedos están justificados. La verificación práctica del hecho insurreccional pone en peligro la propia estructura conservadora del/a “revolucionari@” etapista a salvo del enfrentamiento en su feudo ideológico desde donde se puede lucir la pose “radical” sin riesgo de serlo y a la ver mantener pequeños y miserables reductos de poder reproducido en la forma de naturales jerarquías.

2. Ya no existen fronteras exactas entre ambas tendencias, la intensificación y el reflujo de las luchas hacen que la confluencia y la mezcla se den con frecuencia.

Así la frontera inexistente se cruza en ambas direcciones, demostrándonos la historia que el/la anarquista insurreccional encuentra su lógica en el movimiento obrero revolucionario cuando éste se desata de l@s recuperador@s, mientras el/la anarquista etapista ha mostrado en el pasado su facilidad para trazar alianzas con las organziaciones clásicas del movimiento obrero.

VII. La etiqueta insurreccionalista otorgada por un@s y autoasumida por algun@s no deja de ser más que eso, una etiqueta, que corre el riesgo de petrificarse en seudoideología si no se profundiza en el ámbito teórico y práctico de la intervención insurreccional. Más allá de la posible moda que pueda suponer esta “novedad”(¿qué novedad?) para aquellos que idealizan sus aspectos más morbosos y ficticios (principalmente el uso de la violencia como estrategia revolucionaria) y que basándose en un inmediatismo voluntarista poco argumentado desprecien el papel de la críticia. Si de los debates surgidos de la prácticas insurreccionales sólo valoramos las formas no tardarán en aparecer quienes suscriban un nuevo -ismo que les ahorra pensar.

VIII. Desde lo que (no) hay, en el pobre panorama libertaria actual nos encontramos con un número creciente (creciente por la dinámica escisionista en que se ve envuelto que evidencia su debilidad) de organizaciones pesadas que se reclaman libertarias desde muy distintos ámbitos. Unas se aproximan más que otras al reformismo y otros se revuelcan en el indecorosamente, mientras algunas nadan en el ostracismo absoluto que no lleva a ningún sitio.

De las diferentes familias anarcosindicalistas a los “autonomistas organizados” se nos ofrece un arco iris de posibilidades perdidas en los trayectos de la política reivindicativa etapista.

Sus diferencias teóricas ante un inexistente auditorio sólo evidencian sus compartidas miserias, la imposibilidad de destruir o contribuir a la destrucción de la miseria realmente existente y su inconsciente contribución a ésta.

Sin un movimiento revolucionario a la vista pretenden suplantarlo a partir de un crecimiento cuantitativo que l@s convierta en la organización guía de las masas, dejándolo todo postergado a un futuro inexistente en el que vuelvan a producirse las “condiciones objetivas” de un pasado mitificado. El enfrentamiento con la realidad se hace en consecuencia imposible.

Ni el 17, ni el 36, ni el 68, ni el 77 van a volver por más que copiemos las organizaciones que en esos momentos se dieron, hecho que demuestra que en lugar de aprender de los hechos históricos sólo hemos sido capaces de imitar sus carcasas.

Sobran mitologías ortopédicas y mentiras complacientes y faltan autocrítica, acción y objetivos concretos para el ahora, desde donde proyectar todas esas ganas frustradas de rebelión que estando presentes se ahogan en los pudrideros de las “viejas y nuevas” estructuras.

IX. Tres afirmaciones sobre el tiempo presente:
1. El proletariado no ha sido abolido. Ha modificado su composición en el transcurso de las reestructuraciones capitalistas convirtiéndose en sujeto menos perceptible más irreconocible. Sin embargo, es creciente, a la par que su descomposición como sujeto unitario, la existencia de una mayoría explotada, privada de todo poder de decisión sobre sus vidas.

2. El capitalismo sigue desarrollando sus alienaciones. Éstas ya no están sólo sujetas al modelo productivo que tiene su eje en la fábrica y el trabajo centralizado. En el momento en el que el capitalismo ha convertido toda actividad humana en mercancía el trabajo represivo ha traspasado los muros del recinto fabril para abarcar todos los aspectos de la supervivencia social. La alienación es ahora global.

3. La posibilidad de revolución es una posibilidad presente. El problema teórico planteado hace un par de siglos por el socialismo no ha sido resuelto, tan sólo reestructurado, ahondándose en la contradicción inherente al sistema capitalista.

X. El objetivo revolucionario, pasa por incidir en tal contradicción que posibilita la generación de movimientos reales capaces de superar el estado actual de las cosas.

Ataquemos a través de la practica subversiva, la realidad cotidiana que tod@s l@s sometid@s a la dominación capitalista sentimos, aunque una gran mayoría vea esa realidad distorsionada por la reducción a espectáculo que el sistema hace de ella.

Utilicemos como estrategia el enfrentamiento continuado. Donde y cuando l@s individu@s insurrect@s decidan, desde una perspectiva global que no admite dialogo alguno con el Poder.

Salir a la calle a perturbar el miserable y embrutecedor orden de las cosas haciendo visible la brutalidad sistemática que tod@s percibimos esencialmente.

Desatar nuestra rabia es un objetivo posible en el aquí y ahora, unir nuestra rabia a la de nuestr@s iguales será una necesidad ineludible.

XI. El ataque es la acción colectiva o individual contra la cotidianidad, sin necesidad de excusas en forma de acontecimientos mediáticos teledirigidos por el Poder.

No es necesaria ninguna masacre televisada para atacar. Protestas dirigidas contra tal o cual fenómeno parcial sólo evidencian la manipulación folclórica de éstas, que eluden la globalidad del enfrentamiento, reduciéndose la protesta a un consentido desahogo vacío.

El ataque muestra sus pretensiones destructivas de la totalidad porque el objeto atacado es tan sólo una excusa para cuestionar lo existente. Es, en consecuencia, irrecuperable.

XII. La violencia es un aspecto secundario en el ataque, no su razón de ser. El ataque es toda forma de destrucción de lo existente de donde parte la posibilidad de generar nuevos nodos de creatividad.

La creación-destrucción es un proceso que se retroalimenta en el transcurso de la lucha.

XIII. La organización informal es una vía óptima para la organización del ataque anarquista. La organización informal no se basa en estructuras clásicas y pesadas sino que se adapta al momento y la voluntad de acción de l@s insurrect@s, no supeditando sus deseos a la estructura y su programa.

La organización informal se da a través de la afinidad entre individu@s y grupos tiene en ésta, y sólo en ella, su nexo de unión y la formación de un tejido orgánico nunca acabado, siempre en movimiento.

La organización informal se da en el territorio y puede ser tan extensa como de sí la afinidad, no estando sus miembrxs sujetxs a mayores compromisos que los adquiridos voluntariamente y siendo su cohesión tan fuerte como sea la pasión compartida por destruir el Poder.

No poseyendo órganos ni comicios de decisión a ésta se llega desde el encuentro, la comunicación, el debate y la acción. Los hechos nos dan las claves de la afinidad con nuestr@s iguales.

No cabe duda que hemos de encontrarnos con todos aquellos grupos e individu@s, con los que, aún sin saberlo, estamos recorriendo el mismo camino.

XIV. El militantismo es la antítesis de la responsabilidad individual. El primero es sometimiento a la ideología y a la organización, es martirio, acción separada de la vida, alienación. El segundo es acción vivida y compartida, ruptura de la alienación liberación del deseo.

Superamos el militantismo cuando nos hacemos responsables de nuestros actos por muchos esfuerzos que nos supongan.

La organización informal anarquista es la organización de individuxs responsables no de militantes.

XV. La organización informal tiene una necesidad de autonomía extrema ya que su propia composición es autónoma, de la/el individu@ al grupo, del grupo a la red.

XVI. La organización informal tiene una necesidad de comunicación constante como un todo impreciso que piensa y actúa, que decide y lucha a un mismo tiempo. El acuerdo entre sus miembr@s se da de forma natural y es fruto de las necesidades sentidas y la responsabilidad individual.

XVII. La organización informal tiene una necesidad de autocrítica implacable. Siendo su propia existencia una crítica práctica al miserabilismo impuesto por la falsa paz social, se hace imprescindible el análisis de sus actos sin buscar la autocomplaciencia, evitando la fosilización y recuperación sistemática, recuperación que es la primera forma represiva del sistema contra las potencialidades revolucionarias.

Todo es cuestionable y susceptible de crítica, no hay recetas mágicas. A partir de aquí la práctica ratifica o no la teoría y viceversa, evitándose caer en la reproducción de estereotipos y modelos ideológicos y cuestionando todo apriorismo y mistificación.

XVIII. La organización informal tiene necesidad de espacios autogestionarios en el territorio desde donde operar, experimentar y encontrarse l@s individu@s, grupos e iniciativas insurgentes. Espacios que ya de por sí, supongan ruptura y ataque contra el sistema y desde donde se construyan situaciones reales de autogestión libertaria.

XIX. La organización informal tiene la necesidad de impulsar redes de comunicación, debate y difusión de ideas. Redes que cubran la necesidad de comunicación directa entre l@s insurgentes y las diferentes luchas en curso, sin caer en la contrainformación (interpretación y transmisión de noticias sin más) y/o transmisión ideológica (venta de un modelo a imitar) que vendría a ser el reverso de la información y/o transmisión ideológica oficial (en escala diminuta) pero en sus mismos parámetros alienantes.

XX. La organización informal tiene la necesidad de dotarse de medios materiales para combatir la represión. La solidaridad con l@s represaliad@s ha de ser una constante prioritaria puesto que es la única defensa de la/el revolucionari@. La solidaridad con l@s compañer@s represaliad@s no puede quedarse en una pose o una actividad circunstancial.

XXI. Al hilo de lo expuesto, la organización informal evita y combate la reproducción en su seno de relaciones sociales capitalistas y es generadora de relaciones sociales comunistas y realidad latente, en el aquí y el ahora, de la sociedad libertaria.

XXII. Las necesidades de la organización informal no son un catecismo preestablecido que ha de ser cumplido obligatoriamente punto por punto. Se trata de necesidades que se dan en el transcurso de la lucha y que pueden adoptar formas diversas y variables, si bien, en esencia, son consustanciales al desarrollo positivo del proceso. Ninguna necesidad verdadera surge de forma provocada y ninguna es superior a otra, sino que estas aparecen como necesarias por la propia dinámica del enfrentamiento.

XXIII. La organización informal no es organización separada de las luchas, ni superior o guía de éstas. Es parte consciente de la tendencia insurreccional del movimiento de l@s explotad@s y participe de las luchas sociales. No renunciando en los periodos de reflujo y falsa paz social al enfrentamiento y fusionándose de forma natural en los movimientos autónomos de clase cuando estos se desarrollan en dirección insurreccional.

XXIV. Pese a quien afirma lo contrario la organización informal es organización. Desde l@s etapistas organizacionistas, para quienes toda acción ha de pasar primero por acabar la siempre inconclusa organización perfecta, hasta l@s individualist@s, incapaces de articular cualquier actividad en compañía de otr@s y en consecuencia instalad@s en la crítica y en el güetto de sus propias ilusiones, la gama de opositor@s teóric@s y práctic@s al desarrollo de la organización informal como organización y no como mera formalidad va desde sus detractor@s más acérrim@s a sus supuest@s precursor@s más teóric@s.

XXV. La mistificación cuantitativa pasa en la actualidad por dos caras de una misma moneda. La de quienes necesitan de la acumulación significativa de parroquian@s para decidirse ha hacer algo que vaya más haya de las rutinas simbólicas y las de los que sólo son capaces de “hacer” desde las capillas grupusculares suponiendo que estas son la garantía para prevenir los males de los que se acusa a las organizaciones pesadas. Si l@s primer@s quedan instalados en el limbo, l@s segund@s tampoco llegan más lejos puesto que las limitaciones que suponen al actuar colectivo les aparta irremediablemente de la intervención social y de los hipotéticos movimientos de masas adoptando poco a poco la conciencia de vanguardia voluntarista, y me refiero intencionadamente a movimientos de masas por el miedo de algun@s a tal término.

Si la organización informal no es organización separada debe partir, buscar y concluir en el movimiento de l@s explotad@s y extender su práctica-teoría en y desde la realidad de las luchas y no desde ilusorias barricadas y fantasiosas clandestinidades con afanes tan meritorios como suicidas. La organización informal debería ser el aglutinante de la tendencia insurreccional del movimiento de l@s explotad@s en su propio seno en lugar de otro factor de dispersión.

En cualquier caso el número chico no vacuna de los males achacables a la organziación pesada (delegacionismo, organizacionismo, burocratización,…). Como prueba basta echar un vistazo a los grupitos de nuestro alrededor involucrados siempre en sus asfixiantes dinámicas.

XXVI. Los movimientos sociales autónomos son organismos populares que responden a necesidades sentidas. Se desarrollan al margen de los aparatos de recuperación del Poder, manifestándose en las prácticas de la autogestión y de la acción directa.

XXVII. Los movimientos sociales autónomos surgen como negación de aspectos concretos y cotidianos de la explotación capitalista. Su objetivo es destruir tal aspecto, atacar un aparato del Poder. En consecuencia tienen una limitación en el espacio-tiempo.

XXVIII. Si el movimiento autónomo incide en el ataque y la práctica insurreccional, tiende a radicalizarse adquiriendo una cosmovisión de la realidad, buscando en tal caso nexos de unión con otros movimientos similares y alcanzando un pensar y actuar global.

XXIX. La creación de situaciones insurreccionales difusas por parte de los movimientos autónomos, su conexión, cohesión, amplificación y radicalización transforma los momentos efímeros de revuelta en momentos de revolución y autogestión generalizada. Los movimientos autónomos se transforman por la vía insurreccional en movimiento revolucionario.

XXX. Los movimientos sociales difieren de los movimientos sociales reformistas en que estos últimos basan su acción en la reivindicación parcial, lo cual no niega la dominación capitalista, simplemente demandan de esta una cesión de poder un servicion concreto insatisfecho.

En la práctica no es fácil diferenciar entre uno y otro y es su propia evolución, en muchos casos, y las circunstancias que los envuelven las que nos darán las claves para su reconocimiento.

XXXI. Hay que distinguir entre movimiento autónomo como práctica autónoma del proletariado y organización autónoma como estructura ideologizada que pretende suplantar al movimiento mitificándolo y vaciándolo de contenido.

La ideología no es autónoma, está sujeta a sus propias limitaciones, es falsificación de la realidad.

Sólo la crítica y la acción pueden ser autónomas.

Epílogo.

Lo expuesto en estas tesis no tratan de expresar el deseo de un modelo organizativo. Tratan de indagar desde la crítica las líneas generales que ayuden a superar el estado actual de las cosas. Como se ha dicho esto no es un catecismo. Existen formas dispares de actuar y hacer y diversos caminos que tomar, siendo imposible preestablecerlos sin caer en ficciones ideológicas.

Pero si bien es cierto que existen formas dispares de actuar y diversos caminos que experimentar, sólo existe uno para el no hacer y ese ya lo conocemos.

Otoño de 1999.

Este texto fue publicado por Ediciones Piratillas (Alicante) en marzo de 2001.

Ai ferri corti


Podemos traducirlo “En duelo a muerte con lo existente, sus defensores y sus falsos críticos”, no sin hacer ciertas aclaraciones semánticas que pueden ser de utilidad para entender esta locución tan interesante como difícil de traducir. La expresión “ai ferri corti con…” se usa para caracterizar un punto de no retorno, de ruptura inminente y violenta de una relación con algo/alguien. “Ferri corti” se usa para hablar de las armas blancas (podría ser “dagas” o “puñales” ) que constituían el último estadio de un típico duelo de los siglos pasados, la lucha con armas cortas, que se desarrollaba cuerpo a cuerpo y donde tenía especial importancia la destreza y rapidez de los contendientes, que luchaban para defender una cierta forma de honor. Todos estos núcleos forman parte de la constelación semántica de esta bella expresión.

I

“Cada uno puede terminar de regocijarse en la esclavitud de aquello que no conoce y, rechazando la turba de palabras vacías, entablar un duelo cuerpo a cuerpo con la vida.” C. Michelstaedter

La vida no es más que una búsqueda continua de algo a lo que aferrarse. Uno se levanta a la mañana para reencontrarse, un par de horas más tarde, de nuevo en la cama, tristes péndulos oscilando entre el vacío de deseos y el cansancio. El tiempo pasa, y nos gobierna con un aguijón que se va haciendo cada vez menos fastidioso. Las obligaciones sociales son un fardo que no parece doblegar nuestras espaldas porque lo llevamos con nosotros a donde sea. Obedecemos sin siquiera hacer el esfuerzo de decir que sí. La muerte se descuenta viviendo, escribía el poeta desde otra trinchera. Podemos vivir sin pasión y sin dueños, he aquí la gran libertad que esta sociedad nos ofrece. Podemos hablar sin frenos, en particular de aquello que no conocemos. Podemos expresar todas las opiniones del mundo, aún las más arriesgadas, y desaparecer detrás de sus sonidos. Podemos votar al candidato que preferimos, reclamando a cambio el derecho de lamentarnos. Podemos cambiar de canal en cualquier instante, toda vez que nos parezca que nos estamos volviendo dogmáticos. Podemos divertirnos en horas fijas y atravesar a velocidades siempre mayores ambientes tristemente idénticos. Podemos aparecer como jóvenes testarudos, antes de recibir helados golpes de sentido común. Podemos casarnos todas las veces que queramos, así de sagrado es el matrimonio. Podemos ocuparnos de infinidad de cosas útiles y, si no sabemos escribir, podemos convertirnos en periodistas. Podemos hacer política de mil modos, aun hablando de guerrillas exóticas. Tanto en la carrera como en los afectos, podemos ser excelsos en la obediencia, si es que no llegamos a mandar. También a fuerza de obediencia nos podemos convertir en mártires, y esta sociedad, en desmedro de las apariencias, todavía tiene tanta necesidad de héroes. Nuestra estupidez no parecerá por cierto más grande que la de los demás. Si no sabemos decidirnos, no importa, dejamos que elijan los otros. Luego tomaremos posición, como se dice en la jerga de la política y del espectáculo. Las justificaciones nunca faltan, sobre todo en un mundo de tan buena boca. En esta gran feria de roles cada uno de nosotros tiene un aliado fiel: el dinero. Democrático por excelencia, éste no mira a nadie a la cara. Gozando de su compañía no existe mercancía ni servicio alguno que no nos sean debidos. Quienquiera que sea su portador, ambiciona con la fuerza de una sociedad entera. Es cierto, este aliado nunca es suficiente y, sobre todo, nunca se da a todas las personas. Pero la suya es una jerarquía especial, que unifica en los valores aquello que es opuesto en las condiciones de vida. Cuando se lo posee, se tienen todas las razones. Cuando falta, se tienen no pocos atenuantes. Con un poco de ejercicio, podremos transcurrir días enteros sin una sola idea. Los ritmos cotidianos piensan en nuestro lugar. Del trabajo al “tiempo libre” , todo se desarrolla en la continuidad de la supervivencia. Tenemos siempre algo de que agarrarnos. En el fondo, la más estupefaciente característica de la sociedad actual es la de hacer convivir las “comodidades cotidianas” con una catástrofe al alcance de la mano. Junto a la administración tecnológica de lo existente, la economía progresa en la incontrolabilidad más irresponsable. Se pasa de las diversiones a las masacres de masa con la disciplinada inconciencia de gestos calculados. La compra-venta de muerte se extiende a todo el tiempo y a todo el espacio. El riesgo y el esfuerzo audaz no existen más; sólo existen la seguridad o el desastre, la rutina o la ruina. Salvados o hundidos. Vivos, jamás. Con un poco de práctica, podremos recorrer la calle de casa a la escuela, de la oficina al supermercado, del banco a la discoteca, con los ojos cerrados. Estamos realizando debidamente el proverbio de aquel viejo sabio griego: “también los que duermen rigen el orden del mundo”. Ha llegado la hora de romper con este nosotros, reflejo de la única comunidad actual, la de la autoridad y la mercancía. Una parte de esta sociedad tiene absoluto interés en que el orden siga reinando; la otra, en que todo se derrumbe lo más rápido posible. Decidir de qué parte estar es el primer paso. Pero por todos lados están los resignados, verdadera base del acuerdo entre las partes, los mejoradores de lo existente y sus falsos críticos. En todos lados, también en nuestra vida, que es el auténtico lugar de la guerra social, en nuestros deseos, en nuestra determinación así como en nuestros pequeñas, cotidianas sumisiones. Contra todo esto hay que acudir a las armas cortas , para sostener finalmente un duelo a muerte con la vida.

II

“Las cosas que es necesario haberlas aprendido para hacerlas, es haciéndolas que se las aprende.”
Aristóteles

El secreto es comenzar enserio. La organización social actual no sólo retrasa, sino que impide y corrompe toda práctica de libertad. Para aprender qué es la libertad, no cabe otra posibilidad que experimentarla, y para poder experimentarla hay que tener el tiempo y el espacio necesarios. La base fundamental de la acción libre es el diálogo. Ahora bien, dos son las condiciones de un auténtico discurso en común: un interés real de los individuos por las cuestiones abiertas a la discusión (problema de contenido) y una libre indagación de las posibles respuestas (problema del método). Estas dos condiciones deben realizarse contemporáneamente, desde el momento en que el contenido determina al método y viceversa. Se puede hablar de libertad sólo en libertad. Si no se es libre al responder, ¿para qué sirven las preguntas? El dialogo existe sólo cuando los individuos pueden hablar sin mediaciones, o sea cuando están en una relación de reciprocidad. Si el discurso se desarrolla en único sentido, no hay comunicación posible. Si alguno tiene el poder de imponer las preguntas, el contenido de estas últimas le será directamente funcional (y las respuestas llevarán en el método mismo el marco de la sujeción). A un súbdito sólo se le pueden hacer preguntas cuyas respuestas confirmen su rol de súbdito. Es desde este rol que el amo formulará las futuras preguntas. La esclavitud consiste en seguir respondiendo, puesto que las preguntas del amo se responden solas. Las investigaciones de mercado son, en este sentido, idénticas a las elecciones. La soberanía del elector se corresponde con la soberanía del consumidor, y viceversa. Cuando la pasividad televisiva necesita justificarse, se hace llamar audiencia; cuando el Estado tiene la necesidad de legitimar su poder, se hace llamar pueblo soberano. Tanto en un caso como en el otro, los individuos no son otra cosa que rehenes de un mecanismo que les concede el derecho de hablar después de haberlos privado de la facultad de hacerlo. Cuando se puede elegir solamente entre un candidato u otro, ¿qué queda del diálogo? Cuando se puede elegir sólo entre mercancía y programas televisivos diferentemente idénticos, ¿qué queda de la comunicación? Los contenidos de las cuestiones devienen insignificantes porque el método es falso.“Nada se asemeja más a un representante de la burguesía que un representante del proletariado”, escribía en 1907 Sorel. Aquello que los hacia idénticos era el hecho de ser, precisamente, representantes. Decir hoy lo mismo de un candidato de derecha y un candidato de izquierda no es ni más ni menos que una trivialidad. Los políticos, sin embargo, no tienen necesidad de ser originales (de esto se ocupan los publicitarios), basta que sepan administrar tales trivialidades. La terrible ironía es que los mass media son definidos como medios de comunicación y la feria del voto es llamada elección (o sea elección en un fuerte sentido, decisión libre y consciente). El punto es que el poder no admite ninguna gestión diferente. Aun queriéndolo (lo que nos lleva ya hacia una plena “utopía” , para imitar el lenguaje de los realistas), nada importante puede ser pedido a los electores, desde el momento en que el único acto libre que éstos podrían cumplir -la única elección autentica- sería dejar de votar. El que vota anhela preguntas insignificantes, ya que las preguntas auténticas excluyen la pasividad y la delegación.

Nos explicamos mejor. Supongamos que se pida a través de un referéndum la abolición del capitalismo (dejemos de lado el hecho de tal demanda, dadas las actuales relaciones sociales, es imposible). Seguramente la mayoría de los electores votaría por el capitalismo, por el simple hecho de que no se puede imaginar un mundo sin mercancías y sin dinero saliendo tranquilamente de casa, de la oficina o de un supermercado. Pero si todavía votase en contra nada cambiaría, porque una demanda de este tipo debe excluir a los electores para permanecer auténtica. Una sociedad entera no puede cambiar por decreto. El mismo razonamiento se puede hacer para demandas menos extremas. Tomemos el ejemplo de un barrio. Si los habitantes pudiesen (otra vez nos encontramos en plena “utopía”) expresarse sobre la organización de los espacios de sus vidas (casas, calles, plazas, etc.), ¿qué sucedería? Digamos enseguida que la elección de los habitantes sería en principio inevitablemente limitada, siendo los barrios resultado del desplazamiento y de la concentración de la población en relación con las necesidades de la economía y del control social. Tratemos a pesar de todo de imaginar otra organización de estos guettos. Sin temor a ser desmentidos, se puede afirmar que la mayoría de la población tendría al respecto las mimas ideas que la policía. Si así no fuese (si una aun limitada práctica del diálogo provocase el surgimiento del deseo de nuevos ambientes), sobrevendría la explosión del guetto. ¿Cómo conciliar, manteniendo constante el orden social presente, el interés del constructor de autos y las ganas de respirar de los habitantes, la libre circulación de los individuos y el miedo de los propietarios de los negocios de lujo, los espacios de juego de los niños y el cemento de los estacionamiento, de los bancos y de los centros comerciales? ¿Y todas las casas vacías dejadas en manos de la especulación? ¿Y los condominios que se asemejan terriblemente a los cuarteles que se asemejan terriblemente a las escuelas que se asemejan terriblemente a los hospitales que se asemejan terriblemente a los manicomios? Desplazar un pequeño muro de este laberinto de horrores significa poner en juego el proyecto entero.

Cuanto más se aleja uno de la mirada policial sobre el ambiente, más se acerca al choque con la policía. “¿Cómo pensar libremente a la sombra de una capilla?”, escribió una mano anónima sobre el espacio sagrado de la Sorbona durante el Mayo Francés. Este impecable interrogante tiene un alcance general. Cada ambiente pensado económica y religiosamente no puede más que imponer deseos económicos y religiosos. Una iglesia excomulgada sigue siendo la casa de dios. En un centro comercial abandonado siguen conversando las mercancías. El patio de un cuartel fuera de uso, todavía contiene el paso militar. Este sentido tenía razón quien decía que la destrucción de la Bastilla fue un acto de psicología social aplicada. Ninguna bastilla podría ser tratada de otro modo, porque sus muros seguirían relatando una historia de cuerpos y deseos prisioneros. El tiempo de las prestaciones, de las obligaciones y del aburrimiento desposa a los espacios del consumo en bodas incesantes y fúnebres. El trabajo reproduce el ambiente social que reproduce la resignación al trabajo. Se aman las noches frente al televisor porque se ha pasado todo el día en la oficina o en el subte. Estar callados en la fábrica transforma a los gritos del estadio en una gran promesa de felicidad. La sensación de culpa en la escuela reivindica la irresponsabilidad idiota del sábado a la noche en la discoteca. La publicidad del Club Med hace soñar sólo a ojos salidos de un Mc Donald´s. Etcétera. Hay que saber experimentar la libertad para ser libres. Hay que liberarse para poder hacer experiencia de la libertad. En el interior del orden social presente, el tiempo y el espacio impiden la experiencia de la libertad porque sofocan la libertad de la experiencia.

III

“Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la inteligencia”
W. Blake

Solo trastornando los imperativos del tiempo y del espacio social pueden imaginar nuevas relaciones y nuevos ambientes. El viejo filósofo decía que se desea sólo sobre la base de aquello que se conoce. Los deseos pueden cambiar sólo si se cambia la vida que los hace nacer. Para hablar claro, la insurrección contra los tiempos y lugares del poder es una necesidad material y al mismo tiempo psicológica. Bakunin decía que las revoluciones son realizadas por tres cuartos de fantasía y por un cuarto de realidad. Lo que importa es entender dónde nace la fantasía que hace estallar la revuelta generalizada. El desencadenamiento de todas las malas pasiones, como decía el revolucionario ruso, es la fuerza irresistible de la transformación. Por más que todo esto puede hacer sonreír a los resignados o a los fríos analistas de los movimientos históricos del capital, podemos decir -si dicha jerga no nos indigestara- que una idea tal de la revolución es extremadamente moderna. Malas, las pasiones lo son en tanto prisioneras, sofocadas por una normalidad que es el más frío de los gélidos monstruos. Pero malas también lo son porque la voluntad de vida, antes que desaparecer bajo el peso de deberes y máscaras, se transforma en su contrario. Sometida a las obligaciones cotidianas, la vida se niega una y otra vez a sí misma y reaparece en la figura de esclavo; ante la búsqueda desesperada de espacio, ella se hace presencia onírica, contracción física, tic nervioso, violencia idiota y gregaria. ¿Lo insoportable de las actuales condiciones de vida no es quizás testimoniado por la masiva difusión de psicofármacos, esta nueva intervención del Estado social? El dominio administra en todas partes la cautividad [cattivitá], justificando aquello que en cambio es un producto suyo, la maldad [cattiveria]. La insurrección hace las cuentas con ambas. Si no quiere engañarse a sí mismo y a los otros, quién quiera combata por la demolición del presente edificio social no puede esconder que la subversión es un juego de fuerzas salvajes y bárbaras. Algunos los llamaba Cosacos, algún otro patotas, a fin de cuentas son los individuos a quienes la paz social no les ha quitado la ira. ¿Pero cómo crear una nueva comunidad a partir de la cólera? Terminemos de una vez por todas con los ilusionismos de la dialéctica. Los explotados no son portadores de ningún proyecto positivo, así fuese la sociedad sin clases- (todo esto se parece muy de cerca al esquema productivo). Su única comunidad es el capital, del cual pueden escapar sólo a condición de destruir todo aquello que los hace existir como explotados: salario, mercancía, roles y jerarquías. El capitalismo no sienta en absoluto las bases de su propia superación hacia el comunismo -la famosa burguesía “que forja las armas que le darán su muerte”-, antes bien las bases de un mundo de horrores. Los explotados no tienen nada que autogestionar, a excepción de su propia negación como explotados. Sólo así junto a ellos desaparecerán sus amos, sus guías, sus apologetas acicalados de las más diversas maneras. En esta “inmensa obra de demolición urgente” debe encontrarse, cuando antes, la alegría. “Bárbaro”, para los Griegos, no significaba sólo “extranjero”, sino también “balbuceante”, tal como definía con desprecio a aquel que no hablaba correctamente la lengua de la polis. Lenguaje y territorio son dos realidades inseparables. La ley fija los límites que el orden de los Nombres hace respetar. Todo poder tiene sus bárbaros, todo discurso democrático tiene sus propios balbuceantes tartamudos. La sociedad de la mercancía, con la expulsión y el silencio, pretende hacer su obstinada presencia una nada. Y sobre esta nada la revuelta ha fundado su causa. La exclusión y las colonias internas, ninguna ideología del dialogo y de la participación jamás podrá enmascararlas del todo. Cuando la violencia cotidiana del Estado y de la economía hace estallar la parte mala, no podemos sorprendernos si alguien pone los pies sobre la mesa y no acepta discusiones. Sólo entonces las pasiones se sacan de encima un mundo que se derrumba de muerte. Los Bárbaros están a la vuelta de la esquina.

IV

“Debemos abandonar todo modelo y estudiar nuestras posibilidades”
E. A. Poe

Necesidad de la insurrección. Necesidad, obviamente, no en el sentido de ineluctabilidad (un suceso que antes o después debe suceder), sino en el sentido de condición concreta de una posibilidad. Necesidad de lo posible. El dinero en esta sociedad es necesario. Una vida sin dinero es posible. Para hacer experiencia de esto es necesario destruir esta sociedad. Hoy se puede hacer experiencia sólo de aquello que es socialmente necesario. Curiosamente, aquellos que consideran a la insurrección como un trágico error (o también, según los gustos, como un irrealizable sueño romántico), hablan mucho de acción social y de espacios de libertad para experimentar. Sin embargo, basta retorcer un poco razonamientos de este tipo para que salga todo el jugo. Para actuar libremente es necesario, como se ha dicho, hablarse sin mediaciones. Y entonces que se nos diga: ¿sobre qué cosa, cuánto y dónde se puede dialogar actualmente? Para discutir libremente se debe arrancar tiempo y espacio de los imperativos sociales. En suma, el diálogo es inseparable de la lucha. Es inseparable materialmente (para hablarnos debemos substraernos del tiempo impuesto y aferrarnos a los espacios posibles) y psicológicamente (los individuos aman hablar de aquello que hacen porque sólo entonces las palabras transforman la realidad). Lo que se olvida es que vivimos todos en un guetto, aun si no pagamos el alquiler de casa o si nuestro calendario cuenta con muchos domingos. Si no logramos destruir este guetto, la libertad de experiencia se reduce a algo bien miserable. Muchos libertarios piensan que el cambio de la sociedad puede y debe acontecer gradualmente, sin una ruptura repentina. Por eso hablan de “esferas publicas no estatales” donde elaborar nuevas ideas y nuevas prácticas. Dejando de lado los aspectos decididamente cómicos de la cuestión (¿dónde no hay estado? ¿Cómo ponerlo entre paréntesis?), lo que se puede notar es que el referente ideal de estos discursos sigue siendo el método autogestionario y federalista experimentando por los subversivos en algunos momentos históricos (la Comuna de París, la España revolucionaria, la Comuna de Budapest, etcétera). El pequeño pormenor que se descuida, sin embargo, es que la posibilidad de hablarse y de cambiar la realidad, los rebeldes la han tomado con las armas. En definitiva se olvida de un pequeño detalle: la insurrección. No se pude descontextualizar un método (la asamblea de barrio, la decisión directa, la conexión horizontal, etcétera) del marco que lo ha hecho posible, ni mucho menos enfrentar esto contra aquello (con razonamientos del tipo “no sirve atacar al Estado, se necesita autorganizarse, concretizar la utopía”). Aun antes de considerar, por ejemplo, qué han significado -y qué podrían significar hoy- los Consejos proletarios, hace falta considerar las condiciones en las cuales nacieron (1905 en Rusia, 1918-1921 en Alemania y en Italia, etcétera). Se ha tratado de momentos insurreccionales. Que alguien nos explique cómo es posible, hoy, que los explotados decidan en primera persona sobre cuestiones de una cierta importancia sin romper por la fuerza la normalidad social; después se podrá hablar de autogestión y de federalismo. Antes de discutir sobre qué quiere decir autogestionar las actuales estructuras productivas “después de la revolución”, se necesita afirmar una trivialidad de base: los patrones y la policía no estarían de acuerdo. No se puede discutir acerca de una posibilidad descuidando las condiciones que la hacen concreta. Toda Hipótesis de liberación está ligada a la ruptura con la sociedad actual. Hagamos un último ejemplo. También en un ámbito libertario se habla de democracia directa. Se puede responder de inmediato que la utopía anarquista se opone al método de la decisión por mayoría. Correctísimo. Pero el punto es que ninguno habla concretamente de democracia directa. Dejando de lado a aquellos que entienden por democracia directa su exacto contrario, es decir la constitución de listas cívicas y la participación en las elecciones municipales, tomemos a quienes imaginan reales asambleas ciudadanas en las cuales hablarse sin mediaciones. ¿Sobre qué cosas se podrían expresar a los susodichos ciudadanos? ¿Cómo podrían responder de otro modo sin cambiar al mismo tiempo las preguntas? ¿Cómo mantener la distinción entre una supuesta libertad política y las actuales condiciones económicas, sociales y tecnológicas? En suma, a pesar de todos los rodeos que demos alrededor de este asunto, el problema de la destrucción queda. A menos que no se piense que una sociedad centralizada tecnológicamente pueda ser al mismo tiempo federalista; o también que pueda existir la autogestión generalizada en auténticas prisiones, como son las ciudades actuales. Decir que todo esto se cambia gradualmente significa sólo mezclar pésimamente las cartas. Sin una revuelta generalizada no se puede comenzar cambio alguno. La insurrección es la totalidad de las relaciones sociales que, no ya enmascarada por las especializaciones del capital, se abre a la aventura de libertad. La insurrección por sí sola no da respuestas, es verdad, sólo empieza a hacer las preguntas. El punto entonces no es actuar gradualmente o actuar aventurerísticamente. El punto es: actuar o soñar con hacerlo. La crítica de la democracia directa (para seguir con el ejemplo) debe considerar a esta última en su dimensión concreta. Sólo así se puede ir más allá, pensando cuáles son las bases sociales de la autonomía individual. Sólo así este mas allá puede transformarse de inmediato en método de lucha. Hoy los subversivos se encuentran en la situación de tener que criticar las hipótesis ajenas definiéndolas de un modo más correcto del que lo hacen sus propios sostenedores. Para afilar mejor las propias armas.

V

“Es una verdad axiomática, de perogrullo, que la revolución no se puede hacer sino cuando hay fuerzas suficientes para hacerla. Pero es una verdad histórica que las fuerzas que determinan la evolución y las revoluciones sociales no se calculan en las grillas de los censos”
E. Malatesta

La idea de la posibilidad de una transformación social hoy no está de moda. Las “masas”, se dice, están totalmente dormidas e integradas a las normas sociales. De una similar constatación se pude extraer por lo menos dos conclusiones: la revuelta no es posible; la revuelta es posible sólo si se trata de unos pocos. La primera conclusión puede a su vez descomponerse en un discurso abiertamente institucional (necesidad de elecciones, de las conquistas legales, etcétera) y en otro de reformismo social (autoorganización sindical, luchas por los derechos colectivos, etcétera). De la misma manera, la segunda conclusión puede fundar tanto un discurso vanguardista clásico como un discurso antiautoritario de agitación permanente. A modo de premisa se puede hacer notar que, en el curso de la historia, ciertas hipótesis aparentemente opuestas han compartido un fundamento común. Si se toma, por ejemplo, la posición entre socialdemocracia y bolchevismo, resulta claro ambas partían del presupuesto de que las masas no tienen una conciencia revolucionaria y que por lo tanto deben ser dirigidas. Socialdemócratas y bolcheviques diferían sólo en el método -partido reformista o partido revolucionario; estrategia parlamentaria o conquista violenta del poder- con el cual aplicar un idéntico programa: apartar desde el exterior la conciencia a los explotados. Tomemos la hipótesis de una práctica subversiva “minoritaria” que rechaza el modelo leninista. Desde una perspectiva libertaria, o bien se abandona todo discurso insurreccional (a favor de una revuelta declaradamente solitaria), o bien, más tarde o más temprano se necesitará también plantear el problema del alcance social de las propias ideas y de las propias prácticas. Si no se quiere resolver la cuestión en el ámbito de los milagros lingüísticos (por ejemplo diciendo que la tesis que se sostienen están ya en la cabeza de los explotados, o que la propia rebelión es ya parte de una condición difundida) se impone de hecho un dato: estamos aislados -lo que quiere decir: somos pocos-. Actuar siendo pocos no sólo no constituye un límite, sino que representa un modo distinto de pensar la transformación social misma. Los libertarios son los únicos que imaginan una dimensión de vida colectiva no subordinada a la existencia de centros directivos.

La auténtica hipótesis federalista es la idea que hace posible el acuerdo entre las libres uniones de los individuos. Las relaciones de afinidad son un modo de concebir la unión, ya no sobre las base de la ideología y de la adhesión cuantitativa, si no a partir de la conciencia recíproca, de la confianza y de la comunidad de pasiones proyectuales. Pero la afinidad en los proyectos y la autonomía de la acción individual no tienen sentido sino pueden ensancharse sin ser sacrificadas a supuestas necesidades superiores. La unión horizontal es aquello que concretiza cualquier práctica de la liberación: una unión informal, de hecho, capas de romper con toda la representación. Una sociedad centralizada no puede renunciar al control policial y al mortal aparato tecnológico. Para esto, quien no sabe imaginar una comunidad sin autoridad estatal no tiene instrumentos para criticar la economía que está destruyendo el planeta; quien no sabe pensar una comunidad de únicos no tiene armas contra la mediación política. Al contrario, la idea de la libre experiencia y de la unión de afinidades como base de nuevas relaciones hace posible un completo vuelco social. Sólo abandonando toda la idea de centro (la conquista del Palacio de Invierno o, con el pasar del tiempo, la televisión de Estado) se puede construir una vida sin imposiciones y sin dinero.

En este sentido, el método del ataque difuso es una forma de lucha que trae consigo un mundo distinto. Actuar cuando todos predican la espera, cuando no se puede contar con grandes séquitos, cuando no se sabe por anticipado si se obtendrán resultados -actuar así significa ya afirmar por qué cosa combatimos: por una sociedad sin medida. He aquí entonces que la acción en pequeños grupos de afines contiene la más importante de las cualidades -la de no ser una simple toma de conciencia táctica, sino de realizar al mismo tiempo el propio fin. Liquidar la mentira de la transición (la dictadura antes del comunismo, el poder antes de la libertad, el salario antes de la toma del montón, la certeza del resultado antes de la acción, los pedidos de financiación antes de la expropiación, los “bancos éticos” antes de la anarquía, etc.) significa hacer de la revuelta misma un modo diferente de concebir las relaciones. Atacar de inmediato la hidra tecnológica quiere decir pensar una vida sin policías de guardapolvo blanco (lo que significa: sin la organización económica y científica que los hace necesarios); atacar súbitamente los instrumentos de la domesticación mediática quiere decir crear relaciones libres de imágenes (lo que significa: libres de la pasividad cotidiana que las fabrica). Quien grita que ya no es más -o que no es todavía- tiempo de revuelta, nos revela de antemano cuál es la sociedad por la cual combate. Por el contrario, sostener la necesidad de una insurrección social, de un movimiento incontenible que rompa con el Tiempo histórico para hacer emerger lo posible, significa decir algo simple: no queremos dirigentes. Hoy el único federalismo concreto es la rebelión generalizada. Para rechazar toda forma de centralización se necesita ir más allá de la idea cuantitativa de lucha, es decir la idea de llamar a unirse a los explotados para un choque frontal con el poder. Se necesita pensar otro concepto de fuerza -para quemar las grillas del censo y cambiar la realidad-. “Regla principal: no actuar en masa. Conducid una acción de a tres o de a cuatro como máximo. El numero de los pequeños grupos debe ser lo más grande posible y cada uno de ellos debe aprender a atacar y desparecer velozmente. La policía trata de aplastar a un grupo de miles de personas con un solo grupo de cien cosacos. Es más fácil enfrentar a un centenar de hombres que a uno solo, especialmente si éste golpea por sorpresa y desaparece misteriosamente. La policía y el ejército no tendrán poder si Moscú se cubre de estos pequeños destacamentos inaferrables […] No ocupar fortalezas. Las tropas siempre serán capaces de tomarlas o simplemente destruirlas gracias a su artillería. Nuestras fortalezas serán los patios internos o cualquier lugar desde el cual sea accesible golpear y fácil salir. Si tuvieran que tomar estos lugares, no encontrarían a nadie y perderían gran cantidad de hombres. Es imposible para ellos agarrarlos a todos porque deberían, para esto, llenar cada casa de cosacos”.Aviso a los insurrectos, Moscú, 11 de diciembre de 1905.

VI

“La poesía consiste en hacer matrimonios y divorcios ilegales entre las cosas”
F. Bacon

Pensar otro concepto de fuerza. Quizás sea esta la nueva poesía. En el fondo, ¿qué es la revuelta social sino un juego generalizado de matrimonios y divorcios ilegales entre las cosas? La fuerza revolucionaria no es una fuerza igual y contraria a la del poder. Si así fuera estaríamos ya derrotados porque cada cambio sería el eterno retorno de la constricción. Todo se reduciría a un choque militar, a una macabra danza de estandartes. Pero los movimientos reales escapan siempre a la mirada cuantitativa. El Estado y el capital tienen los más sofisticados sistemas de control y de represión ¿Cómo pararnos frente a este Moloch? El secreto consiste en el arte de descomponer y recomponer. El movimiento de la inteligencia es un juego continuo de descomposiciones y de correspondencias. Lo mismo vale para la práctica subversiva. Criticar la tecnología, por ejemplo, significa componer el cuadro general, mirarla no como un simple conjunto de máquinas, sino antes como una relación social, como sistema; significa comprender que un instrumento tecnológico refleja la sociedad que lo ha producido y que su introducción modifica las relaciones entre los individuos. Criticar la tecnología significa rechazar la subordinación de cada actividad humana a los tiempos de la ganancia. De otro modo nos engañaríamos sobre su alcance, sobre su supuesta neutralidad, sobre la reversibilidad de sus consecuencias. Sin embargo, se necesita luego descomponerla en sus mil ramificaciones, en sus realizaciones concretas que nos mutilan cada día más; se necesita entender que la difusión de las estructuras productivas y de control que ella hace posible simplifican el sabotaje. De otro modo sería imposible atacarla. Lo mismo vale para las escuelas, los cuarteles, las oficinas. Se trata de realidades inseparables de las relaciones jerárquicas generales y mercantiles, pero que se concretizan en lugares y hombres determinados. ¿Cómo volvernos visibles -nosotros, así de pocos- ante los estudiantes, ante los trabajadores, ante los desocupados? Si se piensa en términos de consenso y de imagen (hacerse visible, justamente), la respuesta se da por descontada: sindicatos y especuladores políticos profesionales son más fuertes que nosotros. Una vez más, el defecto radica en la capacidad de componer-descomponer. El reformismo actúa sobre el detalle, y de modo cuantitativo: se mueve con grandes números para cambiar algunos elementos aislados del poder. Una crítica global de la sociedad, en cambio, puede hacer surgir una visión cualitativa de la acción. Justamente porque no existen centros o sujetos revolucionarios a los que subordinar los propios proyectos, toda realidad social reenvía al todo del cual es parte.

Ya se trate de contaminación, de cárcel o de urbanística, un discurso realmente subversivo termina por poner todo en cuestión. Hoy más que nunca, un proyecto cuantitativo (juntar a los estudiantes, a los trabajadores a los desocupados en organizaciones permanentes con un programa especifico) no puede hacer más que actuar sobre el detalle, quitándole a las acciones su fuerza principal -la de instalar cuestiones irreductibles a las separaciones categoriales (estudiantes, trabajadores, inmigrantes, homosexuales, etc.). Más aun teniendo en cuenta que el reformismo es cada vez más incapaz de reformar algo (piénsese en la desocupación, falsamente presentada como un desgaste -resoluble- en la racionalidad económica). Alguien decía que hasta el pedido de una comida no envenenada es en sí mismo un proyecto revolucionario, desde el momento en que para satisfacerlo sería necesario cambiar todas las relaciones sociales.

Toda reivindicación dirigida a un interlocutor preciso lleva consigo su propia derrota, por la misma razón de que ninguna autoridad puede resolver, ni aun queriéndolo, un problema de alcance general. ¿A quién dirigirse para enfrentar la contaminación del aire? Aquellos que durante una huelga salvaje llevaban una bandera sobre la cual estaba escrito No pedimos nada, habían comprendido que la derrota está en la reivindicación misma (“contra el enemigo la reivindicación es eterna” rememora una ley de las XII tablas). No le queda a la revuelta otra solución más que tomar todo para sí. Como había dicho Stirner: “Aunque ustedes les concedan a ellos todo lo que piden, ellos les pedirán siempre más, porque lo que quieren es nada menos que esto: el fin de toda concesión”. ¿Y entonces? Entonces se puede pensar actuar de a pocos sin actuar aisladamente, con la conciencia de que cualquier buen contacto sirve de más, en situaciones explosivas, que los grandes números. Muy a menudo, ciertas luchas sociales tristemente reivindicativas desarrollan métodos más interesantes que los objetivos (un grupo de desocupados, por ejemplo, que pide trabajo y termina por quemar una oficina de empleos). Es verdad que se puede estar en desacuerdo al decir que el trabajo no debe ser buscado, sino destruido. O que se puede tratar de unir la crítica de la economía con aquella oficina quemada apasionadamente, la crítica de los sindicatos con un discurso de sabotaje. Todo objetivo específico de lucha reúne en sí, pronta a estallar, la violencia de todas las relaciones sociales. La trivialidad de sus causas inmediatas, se sabe, es el ticket de entrada a las revueltas en la historia. ¿Qué podría hacer un grupo de compañeros frente a situaciones similares? No mucho, sino ha pensado ya (por ejemplo) en cómo distribuir un panfletillo o en qué puntos de la ciudad expandir un foco de protesta; quizás algo más, si una inteligencia jovial y facinerosa les hace olvidar los grandes números y las grandes estructuras organizativas. Sin querer renovar por esto la mitología de la huelga general como condición desencadenante de la insurrección, está bastante claro que la interrupción de la actividad social se mantiene como un punto decisivo. Hacia esta parálisis de la normalidad debe dirigirse la acción subversiva, cualquiera sea la causa de un choque insurreccional. Si los estudiantes siguen estudiando, los obreros -los que quedan- y los empleados siguen trabajando, los desocupados siguen preocupándose por la ocupación, ningún cambio es posible. La práctica revolucionaria estará siempre por sobre la gente. Una organización separada de las luchas no sirve ni para desencadenar la revuelta ni para expandir y defender su alcance. Si es verdad que los explotados se acercan a aquellos que saben garantizar, en el curso de las luchas, mayores mejoras económicas -esto es, si es verdad que toda lucha reivindicativa tiene un carácter necesariamente reformista-, son los libertarios quienes pueden, a través de sus métodos (la autonomía individual, la acción directa, la conflictividad permanente), impulsarlos a ir más allá del modelo de la reivindicación, a negar todas las identidades sociales (profesor, empleado, obrero, etcétera). Una organización reivindicativa permanente especifica de los libertarios quedaría al margen de las luchas (sólo pocos explotados podrían elegir formar parte), o perderían su propia peculiaridad libertaria (en el ámbito de las luchas sindicales, los más profesionales son los sindicalistas). Una estructura organizativa formada por revolucionarios y por explotados puede permanecer conflictiva sólo si se encuentra ligada a la duración de una lucha, a un objetivo específico, a la perspectiva del ataque; en fin si es una critica en acto del sindicato y de la colaboración con los patrones. Por el momento no se puede llamar precisamente “remarcable” a la capacidad de los subversivos de lanzar luchas sociales (antimilitaristas, contra las nocividades ambientales, etcétera). Queda la otra hipótesis (queda, bien entendido, para el que no respeta que “la gente es cómplice y resignada”, y buenas noches a los soñadores), la de una intervención autónoma en luchas -o en revueltas más o menos extendidas- que nacen espontáneamente. Si se buscan discursos claros sobre la sociedad por la que los explotados pelean (como ha pretendido algún teórico sutil frente a una reciente ola de huelgas), nos podemos quedar tranquilamente en casa. Si nos limitamos -algo en el fondo no muy distinto- a “adherir críticamente”, se agregaran nuestras banderas rojas y negras a las de partidos y sindicatos. Una vez más la crítica del detalle se casa con el modelo cuantitativo. Si se piensa que cuando los desocupados hablan de derecho al trabajo se debe actuar en esa línea (con las deudas distingo a propósito entre salariado y “actividad socialmente útil”), entonces el único lugar de la acción parece ser la plaza poblada de manifestantes. Como sabía el viejo Aristóteles, sin unidad de tiempo y espacio no hay representación posible. ¿Pero quién dijo que a los desocupados no se les puede -practicándolos-, hablar de sabotaje, de abolición del derecho o de negativa a pagar el alquiler? ¿Quién dijo que durante una huelga de plaza la economía no puede ser criticada en otro lugar? Decir aquello que el enemigo no espera y estar donde no nos aguarda. Esta es la nueva poesía.

VII

“Somos demasiado jóvenes, no podemos esperar más”
Graffiti mural en París

La fuerza de una insurrección es social, no militar. El criterio para evaluar el alcance de una revuelta generalizada no es el choque armado, sino más bien la amplitud de la parálisis de la economía, de la toma de posesión de lugares de producción y de distribución, de la gratuidad que quema todo cálculo, de la deserción de las obligaciones y de los roles sociales; en breve, el trastocamiento de la vida. Ninguna guerrilla, por más eficaz que sea, puede sustituir a este grandioso movimiento de destrucción y de transformación. La insurrección es el leve emerger de una trivialidad: ningún poder se puede regir sin la servidumbre voluntaria de quien lo padece. Nada mejor que la revuelta revela que son los mismos explotados quienes hacen funcionar la máquina asesina de la explotación. La interrupción extendida y salvaje de la actividad social desgarra de un golpe el velo de la ideología y hace aparecer las reales relaciones de fuerza; el Estado se muestra entonces como lo que es -la organización política de la pasividad. La ideología de un lado y la fantasía del otro revelan entonces todo su peso material. Los explotados no hacen más que descubrir una fuerza que siempre han tenido, terminando con la ilusión de que la sociedad se reproduce por sí sola o de que algún topo excave por ellos. Ellos son insurgentes contra su propio pasado de obediencia -lo que ha Estado, justamente- , contra la costumbre erigida en defensa del viejo mundo. La conjura de los insurrectos es la única ocasión en la cual la “colectividad” no es la noche que denuncia a la policía el vuelo de las luciérnagas, ni la mentira que hace de la suma de los malestares individuales un bien común, sino más bien lo negro que da a la diferencia la fuerza de la complicidad. El capital es antes que nada la comunidad de la delación, la unión que hace la debilidad de los individuos, un ser-conjunto que nos vuelve divididos. La conciencia social es una voz interior que repite: “Los otros aceptan”. La fuerza real de los explotados se levanta así contra ellos. La insurrección es el proceso que libera esta fuerza, aunándola al placer de vivir y a la autonomía; es el momento en que se piensa recíprocamente que lo mejor que se puede hacer por los otros es liberarse a sí mismos. En este sentido, ella es “un movimiento colectivo de realización individual”. La normalidad del trabajo y del “tiempo libre”, de la familia y del consumo, mata toda mala pasión por la libertad. (En este mismo momento, mientras escribimos estas líneas, estamos separados de nuestros símiles, y esta separación libera al Estado del pese de prohibirnos escribir). Sin una fractura violenta con la costumbre ningún cambio es posible. Pero la revuelta es siempre obra de minorías. Alrededor está la masa, lista para transformarse en instrumento de dominio (para el siervo que se revela, el “poder” es al mismo tiempo la fuerza del amo y la obediencia de los otros siervos) o para aceptar por inercia el cambio en acto. La más grande huelga general salvaje de la historia -la del Mayo Francés- no ha involucrado más que un quinto de la población de un único Estado. De esto no se sigue como única conclusión la de apropiarse del poder para dirigir a las masas, ni la de que es necesario presentarse como la conciencia del proletariado; sino simplemente que no existe salto alguno entre la sociedad actual y la libertad. La actitud servil y pasiva no es un asunto que se resuelve en un día o en un mes. Su contrario debe hacerse espacio y tomarse su tiempo. El trastocamiento social no es otra cosa que la condición de partida. El desprecio por la “masa” no es cualitativo, sino más bien ideológico, o sea subordinado a las representaciones dominantes. El pueblo del capital existe, ciertamente, pero no tiene contornos precisos. Es siempre de la masa anónima de donde salen, amotinándose, lo desconocido y la voluntad de vivir. Decir que somos los únicos rebeldes en un mar de sometimiento es en el fondo reconfortante, porque clausura la partida de antemano. Nosotros simplemente decimos que no sabemos quiénes son nuestros cómplices y que tenemos la necesidad de una tormenta social para descubrirlo. Hoy cada uno de nosotros decide en qué medida los otros no pueden decidir (abdicando de la posibilidad de elección propia hacemos funcionar a un mundo de autómatas). Durante la insurrección la posibilidad de elegir se extiende con las armas y con las armas hay que defenderla, porque es sobre su cadáver que nace la reacción. Por más minoritario (¿pero en base a qué punto de referencia?) que sea respecto de sus fuerzas activas, el fenómeno insurreccional puede asumir dimensiones extremadamente amplias, y es en este punto que él revela su naturaleza social. Cuanto más extendida y entusiasta es la rebelión, menos se transforma el choque militar en su criterio de medida. Con la extensión de la autoorganización armada de los explotados se revela toda la fragilidad del orden social y se afirma la certeza de que la revuelta, así como las relaciones jerárquicas y mercantiles, está en todos lados. El que piensa en la revolución como un golpe de Estado, en cambio, tiene un concepto militar del choque. Cualquier organización que se pone como vanguardia de los explotados tiende a ocultar el hecho de que el dominio es una relación social y no un simple barrio general a conquistar; de otro modo, ¿cómo justificaría su propio rol? Lo más útil que se puede hacer con las armas es volverlas lo más inútiles posibles. Pero el problema de las armas se queda en un plano abstracto si no se liga a la relación entre revolucionarios y explotados, entre organización y movimiento real. Demasiado a menudo, de cualquier manera, los revolucionarios han pretendido ser la conciencia de los explotados, representar el grado de madurez subversiva. El “movimiento social” se ha transformado así en la justificación del partido (que en la versión leninista se transforma en una élite de profesionales de la revolución). El círculo vicioso es cuanto más nos separamos de los explotados, más debemos representar una relación que falta. La subversión se reduce así a sus propias prácticas, y la representación deviene organización de un fraude ideológico -la versión burocrática de la apropiación capitalista. El movimiento revolucionario se identifica entonces con su expresión “más avanzada”, la cual realiza el concepto. La dialéctica hegeliana de la totalidad ofrece un armazón perfecto para esta construcción. Pero existe también una crítica de la separación y de la representación que justifica la espera y valoriza el rol de los críticos. Con el pretexto de no separarse del “movimiento social” se acaba por denunciar toda práctica de ataque en cuanto a “fuga hacia delante” o mera “propaganda armada”. Una vez más el revolucionario está llamando a “desvelar”, quizás en su misma inacción, las condiciones reales de los explotados. En consecuencia ninguna revuelta es posible por fuera de un movimiento social visible. El que actúa, entonces, debe necesariamente querer sustituir a los proletarios. El único patrimonio a defender llega a ser la “crítica radical”, la “lucidez revolucionaria”. La vida es miserable, y por lo tanto no se puede más que teorizar sobre la miseria. La verdad ante todo. De este modo, la separación entre subversivos y explotados no es en absoluto eliminada, sino sólo desplazada. Nosotros no somos explotados junto a otros explotados; nuestros deseos, nuestra rabia y nuestras debilidades no forman parte del antagonismo de clases. En absoluto podemos actuar cuando nos parece: tenemos una misión -aunque ciertamente no se llame así- que cumplir. Hay quien se sacrifica por el proletariado con la pasión y hay quien lo hace con la pasividad. Este mundo nos está envenenando, nos constriñe de actividades inútiles y nocivas, nos impone tener la necesidad de dinero y nos priva de relaciones apasionantes. Estamos envejeciendo entre hombre y mujeres sin sueños, extranjeros en un presente que no deja espacio a nuestros impulsos más generosos. No somos partisanos de abnegación alguna. Es simplemente que lo que esta sociedad sabe ofrecer como lo mejor (la carrera, la fama, la victoria imprevista, el “amor”), no nos interesa. El mando nos repugna tanto como la obediencia. Somos explotados como los otros y queremos terminar cuanto antes con la explotación. Para nosotros, la revuelta no necesita de otras justificaciones. Nuestra vida se nos escapa y todo discurso de clase que no parta de esto no es otra cosa que una mera mentira. No queremos dirigir ni sostener movimientos sociales, sino participar en los que existen en la medida en que reconozcamos en ellos exigencias comunes. Desde una perspectiva desmedida de liberación, no hay formas de luchas superiores. La revuelta necesita de todo, diarios y libros, armas y explosivos, reflexiones y blasfemias, venenos, puñales e incendios. El único problema interesante es cómo mezclarlos.

VIII

“Es fácil golpear a un pájaro de vuelo uniforme”
B. Gracian

El deseo de cambiar cuanto antes la propia vida no sólo lo comprendemos, sino que es el único criterio con el cual buscamos a nuestros cómplices. Lo mismo vale para lo que se puede llamar una necesidad de coherencia. La voluntad de vivir las propias ideas y crear la teoría a partir de la propia vida no es ciertamente la búsqueda de ejemplaridades (y de su revés paternalista y jerárquico), sino antes el rechazo de toda ideología, incluida la del placer. De quien se alegra de los espacios que alcanza a recortar -y a salvaguardar- para sí en esta sociedad, nos separa, aun antes de la reflexión, el modo mismo de palpar la existencia. Pero igualmente distante sentimos a quien querría desertar de la normalidad cotidiana para confiarse a la mitología de la clandestinidad y de la organización combatiente, o sea para encerrarse en otras jaulas. No hay ningún rol, por más legalmente riesgoso que sea, que pueda sustituir el cambio real de las relaciones. No hay atajos al alcance de la mano, no existe un salto inmediato al más allá. La revolución no es una guerra. La infausta ideología de las armas ya ha transformado, en el pasado, la necesidad de coherencia de pocos en el gregarismo de los más. Que las armas se dirijan una vez por todas contra la ideología. Quien tiene la pasión del desorden social y una visión “personal” de la lucha de clases, quiere hacer algo de inmediato. Si analiza las transformaciones del capital y del Estado, es para decidirse a atacarlo, no por cierto para irse a dormir con las ideas más claras. Si no ha introyectado las prohibiciones y las distinciones de la ley y de la moral dominante, trata de usar todos los instrumentos para determinar las reglas del propio juego. La pluma y el revólver son por igual armas para él, a diferencia del escritor y del soldado, para quienes se trata de asuntos profesionales y en definitiva de identidades mercantiles. El subversivo es subversivo aún si la pluma y el revólver, mientras posea el arma que contiene a todas las otras: la propia determinación. La “lucha armada” es una estrategia que puede ponerse al servicio de cualquier proyecto. Aun hoy la guerrilla es usada por organizaciones cuyo programa es en esencia socialdemócrata; simplemente, sostienen sus reivindicaciones con una práctica militar. La política puede hacerse también con las armas. En cualquier tratativa con el poder -o sea, en cualquier relación que lo tenga a este último como interlocutor, o incluso como enemigo- el que quiere negociar debe situarse como fuerza representativa. Representar una realidad social significa, desde esta perspectiva, reducirla a la propia organización. No se quiere, de este modo, a la lucha armada como extendida y espontánea, sino ligada a las diversas fases de las tratativas. La organización gestionará los resultados. Las relaciones entre los miembros de la organización y entre esta última y el mundo exterior reflejan en consecuencia lo que es un programa autoritario; llevan el corazón la jerarquía y la obediencia. Para quien se pone como meta la conquista violenta del poder político, el problema no es muy distinto. Se trata de hacer propaganda de la propia fuerza de vanguardia capas de dirigir el movimiento revolucionario. La “lucha armada” se presenta como la forma superior de las confrontaciones sociales. Quien es más representativo militarmente -debido al efecto espectacular de las acciones- constituye entonces el auténtico partido armado. Los procesos y los tribunales populares se presentan como la consecuente puesta en escena de quien desea sustituir al Estado. El estado, por su parte, tiene todo el interés de reducir la amenaza revolucionaria a algunas organizaciones combativas, para transformar la subversión en un encuentro entre dos ejércitos: las instituciones por un lado y el partido armado por el otro. Lo que el dominio teme es la revuelta generalizada y anónima. La imagen mediática del “terrorista” actúa junto a la policía en defensa de la paz social. El ciudadano aplaude o se asusta, pero se mantiene siempre como ciudadano, es decir como espectador. Es el maquillaje reformista de lo existente el encargado de alimentar la mitología armada, produciendo la falsa alternativa entre política legal y política clandestina. Alcanza con notar cuántos sinceros demócratas de izquierda se conmueven con la guerrilla en México o en América Latina. La pasividad necesita siempre de guías y de especialistas. Cuando se desilusiona con aquellos tradicionales, se codea con los nuevos. Una organización armada -con un programa y una sigla- específica de los revolucionarios, puede tener ciertamente características libertarias, así como la revolución social que muchos anarquistas quieren es, sin duda, también una “lucha armada”. ¿Pero alcanza? Si reconocemos la necesidad de organizar, en el devenir de la lucha insurrecta, el hecho armado; si sostenemos la posibilidad, desde ahora, de atacar las estructuras y los hombres del dominio; si consideramos decisiva, en fin, la unión horizontal entre los grupos de afinidad en las prácticas de revuelta, criticamos la perspectiva de quien presenta las acciones armadas como el real ir más allá de los límites de las luchas sociales y atribuye así a una forma de lucha un rol superior a las otras. Por otra parte, vemos en el uso de siglas y programas la creación de una identidad que separa a los revolucionarios de los demás explotados, haciéndolos al mismo tiempo visibles a los ojos del poder, o sea representable. El ataque armado, en este sentido, no es más uno de los tantos instrumentos de la propia liberación, sino una expresión que se carga de valor simbólico y que tiende a apropiarse de una rebelión anónima. La organización informal como hecho ligado a la existencia de la luchas se transforma en una estructura decisional, permanente y formalizada. Una ocasión para encontrarse en los propios proyectos se transforma en un proyecto en si mismo. La organización comienza a querer reproducirse a sí misma, exactamente como las estructuras cuantitativa reformistas. Sigue intachablemente la triste seguidilla de comunicados de reivindicación y de documentos programáticos en los cuales se alza la voz para encontrarse luego persiguiendo a una identidad que existe sólo porque ha sido declarada. Acciones de ataque del todo similares a otras simplemente anónimas parecen entonces representar quién sabe qué salto cualitativo en la práctica revolucionaria. Reaparecen los esquemas de la política y se empieza a volar de un modo uniforme. Por cierto que la necesidad de organizarse es algo que puede acompañar siempre la práctica de los subversivos, más allá de las exigencias transitorias de una lucha. Pero para organizarse hay necesidad de acuerdos vivos y concretos, no de una imagen en busca de reflectores. El secreto del juego subversivo es la capacidad de hacer pedazos los espejos deformantes y de encontrarse cara a cara con las propias desnudeces. La organización es el conjunto real de los proyectos que la hacen vivir. Todo el resto es prótesis política o no es nada. La insurrección es mucho más que una “lucha armada”, porque en ella el antagonismo generalizado es uno y el mismo con el trastocamiento del orden social. El viejo mundo es invertido en la medida en que los explotados insurgentes están todos armados. Sólo entonces las armas no son la expresión separada de alguna vanguardia, monopolio de futuros patrones y burócratas, sino antes la condición concreta de la fiesta revolucionaria, la posibilidad colectiva de extender y defender la transformación de las relaciones sociales. Fuera de la ruptura insurreccional, la práctica subversiva es aun menos la “lucha armada”, salvo por querer restringir el inmenso campo de las propias pasiones a sólo algunos instrumentos. Cuestión de alegrarse de los roles ya fijados o de buscar la coherencia en el punto más lejano: la vida. Entonces realmente en la revuelta generalizada podremos descubrir, a contraluz, una maravillosa conjura de los yoes para crear una sociedad sin jefes y sin dormidos. Una sociedad de libres y de únicos.

IX

“No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos,sí alguna sílaba perdida y seca como una rama.Hoy solo esto podemos decirte,Aquello que no somos, aquello que no queremos.”
E. Montale

La vida no puede ser sólo algo de lo cual aferrarse. Es un pensamiento que florece en todas partes, por lo menos una vez. Tenemos una posibilidad que nos hace más libres que los dioses: la de irnos. Es una idea para saborear hasta el fondo. Nada ni nadie nos obliga a vivir. Ni siquiera la muerte. Por eso nuestra vida es una tabula rasa, una tablita que todavía no ha sido escrita y que entonces contiene todas las palabra posibles. Con una libertad similar no podemos vivir como esclavos. La esclavitud está hecha para quien está condenado a vivir, para el que está destinado a la eternidad, no para nosotros. Para nosotros está lo desconocido. Lo desconocido de ambientes en los cuales perderse, de pensamientos jamás recorridos, de garantías que saltan por el aire, de perfectos desconocidos a quienes regalar la vida. Lo desconocido de un mundo al cual poder donarle los excesos del amor de sí. El riesgo, también. El riesgo de la brutalidad y del miedo. El riesgo de verlo finalmente a la cara, el mal de vivir. Todo esta encuentra quien quiere terminar con el oficio de existir. Nuestros contemporáneos parecen vivir de oficio. Se enloquecen abarrotados por miles de obligaciones, incluida la más triste -la de divertirse-. Enmascaran la incapacidad de determinar la propia vida con detalladas y frenéticas actividades, con una velocidad que administra comportamientos cada vez más pasivos. No conocen la ligereza de lo negativo. Podemos no vivir, he aquí la más bella razón para abrirse paso con fiereza hacia la vida. “Para dar las buenas noches a los músicos siempre hay tiempo; lo mismo vale darse vuelta y jugar” -así habla al materialismo de la alegría-. Podemos no hacer, he aquí la más bella razón para actuar. Recogemos en nosotros mismos la potencia de todos los actos de los que somos capaces, y ningún amo podrá quitarnos la posibilidad del rechazo. Aquello que somos y que deseamos comienza con un no. De allí nacen las únicas razones para levantarse a la mañana. De allí nacen las únicas razones para ir armados a asaltar un orden que nos sofoca. Por un lado está lo existente, con sus costumbres y sus certezas. Y de certezas, este veneno social, se muere. Por el otro lado está la insurrección, lo desconocido que interrumpe en la vida de todos. El posible inicio de una practica exagerada de la libertad. Nota sobre un Apéndice que no existe. También la calidad de aquello por lo que se siente aversión tiene su importancia. Nos hemos enloquecido, por un cierto periodo, en buscas textos contemporáneos que ilustren con suficiente coherencia algunas tesis que excluyen la posibilidad de la ruptura insurreccional, para sumarlos a un apéndice y hacer aun más claro el contenido de este manifiesto. De modo particular, las tesis del que prefiere los pequeños pasos reformistas y aquellos de quien, autonombrándose representante privilegiado de los explotados, cree poder hacer una revuelta para unos pocos íntimos al son de fuegos artificiales y slogans mal ensamblados. Pero, después de buscar en vano, hemos renunciado. Para encontrar algún texto bien hecho, capas de hacer preguntas serias y actuales, hubiésemos tenido que retroceder veinte años atrás en el tiempo. Del presente se puede decir que es una bolsa siniestra que transforma en mierda todo lo que traga.

domingo, 23 de enero de 2011

De la Superación anarquista: Desarrollo psíquico y transformaciones del espíritu (L.M.E.2)


LA MANADA ESTAMPIDA. N*2

De la Superación anarquista: Desarrollo psíquico y transformaciones del espíritu. Relación entre la ciencia psiquica y Nietzsche.


"La pasión por la destrucción también es una pasión creadora" (M. Bakunin)

1 - Cuando en ciencia oculta se nos habla de “desarrollo psíquico”, esto siempre tiene que ver con un liberarse de un significante despótico, desde la anti-produccion de lo constante en el dominio psiquico. Es desde este punto de vista en que verdaderamente se registran las variaciones continuas: Roberto Siebenschein en su libro Astrología Hermética, nos recuerda la vieja historia filosófica de Edipo y la pregunta lanzada a él por la Esfinge; enigma que sintetiza la cuestion del desarrollo psíquico. La pregunta lanzada por la esfinge: ¿Cual es el animal que cuando nace camina en 4 patas, cuando es adulto en 2, y cuando es viejo en tres? La respuesta de Edipo: “El animal que cuando nace camina en 4 patas, cuando es adulto en 2, y cuando es viejo en 3, es el hombre.” La cuestion de caminar es la cuestion de avanzar. En cuatro patas cuando se es niño, porque primero gatea. Lo psiquico del niño se encuentra en desarrollo, como la mente que se carga de existencia. Debe cargarla en la experiencia: de felicidad y paraiso de la niñez, pero de ello mismo -y en negativo- tanto de "culpa" y como de "deber", abnegando poco a poco sus pensamientos. Lo psiquico se desarrolla cargandose de vivencia y cicatrices. El numero 4 es el numero de la cruz: la cruz que carga el niño hasta su adultez, en su abrazo cada vez mas estrecho de lo social. La mente se carga de compromiso y de responsabilidad social.

2 - Luego que supera esta primaria afección de llevar cargas, camina en dos pies y con la frente en alto: se encumbra la figura del adulto. El numero 2, osea los dos pies, representan al Yo y al No-Yo. Esta segunda etapa del desarrollo psíquico consiste sobre el Yo que se afirma en "lo que se niega" al caminar. Debajo de su "Yo quiero ser", como cara oculta resuena un "...porque esto otro quiero dejar de ser". Su "Yo quiero ser" esta aun formado de todo un pasado "deber ser", que quiere dejarse forzosamente atras. Por lo tanto, su movimiento de huida a la niñez sigue cargado de fuerzas negativas, pues tan solo es el producto de la negacion de su pasado. Su flujo de "Yo" es aún una reaccion a las cargas de la niñez. Pero, ¿como liberarse realmente de la carga del pasado? ¿Que significa pasar de la adultez a ese mundo incomprensible e imperceptible de la adultez?

3 - He aqui la tercera etapa del desarrollo psíquico, la vejez: “Dos pies y un bastón”. Comprensión de la vida más allá de las limitaciones impuestas por el Yo y el No-Yo. Recordemos nuevamente que lo que recompone al Yo y su negación, es la idea (simbolizada por el numero 3), que supera esta ilusoria contradicción interna. Superación de las limitaciones impuestas por el Yo y el No-Yo, ese es su relato fundamental. Yo=(+), No-Yo=(-), la idea o superacion=3 o equilibrio de (+) y (-). "Dos pies y un baston". El Yo superando las cargas de la niñez, alcanzando el mas alto grado de desarrollo psiquico: la idea que equilibra la fuerza activa del Yo y la fuerza pasiva del No-Yo, transformando la ventaja de lo negativo en la adultez, por la ventaja de lo positivo en la vejez.

4 - ¿Pero como llevar a cabo este desarrollo de la vejez con respecto a la adultez? ¿En que medida podemos encumbrarnos mas alla del Yo y el No-Yo?, o mejor, ¿como realizar la síntesis del Yo y el No-Yo? Quizás una respuesta clarificadora la podremos encontrar de la mano de Nietzsche en “las tres transformaciones del espíritu” de Así hablo Zaratustra. La primera transformación del espíritu en camello, se dice de un concepto similar al del niño gateando. El camello es el animal de carga. “El espíritu pide a voces cosas pesadas”. Nuevamente afección por llevar cargas. Así el camello exige llevar sobre si mismo lo mas pesado, al “héroe”, como queriendo cargar con el destino de un pueblo entero, escalar los más altos montes y con ello forjar el espíritu mas sólido. “El espíritu sólido echa sobre sí todas estas cosas pesadísimas; y a semejanza del camello, que corre cargado por el desierto, así corre él por el desierto.” Pero este camino lo lleva inevitablemente a la soledad. De aquí la segunda transformación del espíritu, desde la soledad misma, de camello a león.

5 - El león quiere caminar de acuerdo a su propia voluntad. El león grita: “yo quiero”. Poder conquistar la libertad y “ser amo en su propio desierto”. Aquí reboza la clave del desarrollo de la adultez a la vejez; el león “quiere ser enemigo suyo y de su ultimo Dios: quiere luchar por la victoria con el gran dragón.” El dragón son todos los valores creados a los que se “debe” desde la niñez, y frente a los cuales el león grita e impone un “yo quiero”. Durante la adultez el hombre eleva su “yo quiero”, pero aun lo hace basándose en la negación de lo que “debe”. Por esto Nietzsche distingue entre la voluntad de poder negativa y positiva. El hombre-león avanza, pero aun lo hace nutriéndose de energias negativas. Su avance aun es producto de una reactividad. Un producto de un producto. El león aun esta envuelto en el proceso productivo de su propio sistema. En otras palabras, el león aun no puede crear. Su estado espiritual sigue siendo un reflejo o cara oscura del dragón. No la antiproducción en relacion al propio sistema, sino que el cambio de mando en la dirección de la producción, de animal cargado a animal cargador de otros animales.

6 - La tercera transformación del espíritu por fin se condice con la antiproducción. Escapa al sistema y su contradiccion fundamental, su tesis (el Yo) y su antitesis (el No-Yo). El león se transforma en niño, así como el adulto alcanza la vejez. “El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación.” La fuerza creadora y positiva del encuentro con lo Otro, en la antiproduccion del Yo y sus energias negativas. De su creacion a él mismo, un eterno retorno de fuerzas volitivas-positivas.

7 - Pero aún cabe dilucidar la similitud entre la inocencia del niño y la idea de la vejez. Debemos recordar que ya definimos anteriormente a la idea del ocultismo, como la fuerza primaria anterior a todas las formas, como la antiproducción del sistema formal. La idea es la rueda que gira sobre sí, un primer movimiento y una afirmación. Por otra parte, la voluntad de poder tambien se sirve de un "primer movimiento", o movimiento original alimentado de fuerzas positivas, y lo hace a través de la creación, realizando la real expresión de la antiproducción. La "idea ocultista" y la "creación nihilista" son los dos supuestos elementales de la libertad completa en la antiproducción: decíamos en un principio que la cuestión del “desarrollo psíquico” se realiza siempre de acuerdo a una significante despótica que pretende ser superada. La significante despótica se carga en la etapa de la niñez, se rechaza o niega durante la adultez, y se diluye o supera en la vejez. Todo parece tratarse en principio del problema de la identidad: conformación del “Yo” y superación de las contradicciones derivadas del “Yo”. Pero no podíamos explicar satisfactoriamente el simbolico paso de la “adultez” a la “vejez”. Para esto recurrimos al concepto analogo de las trasformaciones espirituales. Pero cuando la detallamos resulto ser que toda evolución espiritual implicaba la cuestión de las “fuerzas positivas y negativas”. Ya no un problema de identidad, sino mas bien un problema material de la realización de las fuerzas y las energías. Identidad del ocultismo y relación de fuerzas en Nietzsche.

8 - Del lado de la identidad: la “vejez” como etapa superior del desarrollo psiquico; del lado de las fuerzas postivas: el “niño” como figuración de la voluntad creadora. ¿En que coinciden, o que elemento es el que nos permite explicar lo Uno por lo Otro? Para abordar este punto, debemos recordar genealogicamente el problema del espiritu y el cuerpo. Esta primera concepción del ocultismo, de la ciencia y el desarrollo psíquico, fue elaborada cuando el problema del cuerpo aun no era introducido como problemática científica y filosofica: la dualidad del cuerpo y el alma. Mientras que la concepción de Nietzsche, de la superación por las fuerzas creativas, fue elaborada en plena etapa de decadencia de los valores espiritualistas. Quizás de esto se desprende que la ciencia psíquica evalúe la superación de la identidad por la antiproducción del cuerpo (la transformación del cuerpo de la niñez a la adultez, y por fin, la antiproduccion del cuerpo por la vejez); así como Nietzsche dibuja la cuestión de la realización de las fuerzas positivas, expresandolas por la transformación o vuelta al “niño” del espiritu, en la antiproducción del espiritu sublime, de Dios al niño. El método analógico no debe ni tiene que responder, o tratar de ajustar este tipo de cuentas teóricas sobre una explicación “postular” o “explicita” de la verdad. Le basta con que se entienda la idea de su unidad por la analogia. Por otra parte -y de acuerdo al régimen complejo instaurado por las maquinas productivas de lo social-, a las teorías de liberación les basta con mostrar el problema primario de la libertad o la esclavitud en términos de “fuerzas”, pues de este forma pueden demostrar que la superación fundamental del sistema se reduce, teoricamente hablando, a la cuestión fundamental de la producción de status quo, o la antiproducción del sistema por la perpectiva. Los dos usos del pensamiento y la fuerza en la vida cotidiana: el uso estandarizado por la producción capitalista (la formalizacion de las instituciones a los roles sociales), o la antiproducción del cuerpo y el espiritu por la creatividad anarquista en la construccion de alternativas (la superación de los limites establecidos por las maquinas productivas). Cuestion elemental para la superacion del sistema.


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Elementos para la concepción diagramática de lo cotidiano (L.M.E.1)


LA MANADA ESTAMPIDA. N*1

Chayanco Huaka o el revisorio magico.
Elementos para la concepción diagramática de lo cotidiano.


Toda representación se derrumba, y con ella sus dioses y símbolos de poder sublimados. De esta manera se trastocan las formas de expresión en el caótico curso de la naturaleza. La verdad es que no hay vuelta atrás, ni tótem que resista al fuego. De esto que en lo cotidiano divisemos tan solo una gran dicotomía radical, que no distingue figuraciones de clases o tipos, sino mas bien, modos de operar la realidad en forma de fuerzas: a) fuerzas estructurantes del pensamiento y los sentidos -del Estado, de ordenadas y estatus, de roles sociales, de caracteres negativos y carencias, de domesticación y necesidad espectacular-, enfrentadas a b) fuerzas volitivas de la experiencia pura -creativas, libertarias y positivas, espontáneas, de poder-hacer, de expresiones inconmensurables e incontrolables a los ojos del poder y su aparataje del Estado. Pulsion de deseo anarquista contra Pulsion de muerte capitalista. ¡Ni destino manifiesto, ni ilusión utópica!, anarquia es accion directa, sin representaciones, es decir, sin iglesia capitalista. Nosotros andamos nuestro propio destino y construimos nuestras propias alternativas. ¡Carpe diem! El futuro esta en nuestras manos corriendo por nuestras venas. Porque comprendemos esta doble dimensión paradójica de fuerzas, es que pensamos críticamente al sistema desde nuestra vida cotidiana, porque quieren precarizar nuestras vidas. Debemos volver nuestra mirada a la tierra, al barrio, a las calles y las plazas, sentir la sangre real que camina el corazón, en el deshacer las representaciones difundidas por la burocracia estatal y las vendas publicitarias del mercado, por el aslato colectivo de los espacios liberados. ¡Muerte al espectáculo y al mercado de los estilos de vida! ¡Publicidad Fuck Off! “Ellos”, operadores de la conciencia muerta, de la manipulación, obsesos de muerte, de carne, mierda y sangre. “Nosotros”, hackers destructores de sistemas, desobedientes, agitadores, saboteadores y destructores de maquinas, divertidos contra el aburrimiento, rabiosos recuperadores de especies y espacios, descolonizadores, la fuerza destructora del barbaro, artesanos del pensamiento golpe a golpe, aprendices del arte de la vida cotidiana, asesinos de culpables, cobardes y traidores asesinos de la inocencia, de politicos y empresarios. Somos los críticos pensadores del tiempo mas allá del tiempo. Es por esto que Chayanco Huaka proclama las siguientes condiciones de guerra cotidiana al capitalismo colonizador:

1) Nuestra aparente “individualidad” no es más que la proyección social de un(os) cuerpo(s) sobre otro(s). Como pensaba el viejo Bakunin, ¡mi libertad se proyecta en ti hasta el infinito! Lo Uno existiendo completamente a través de Otro. Los colonizadores querrán hacer prevalecer la noción de que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de otro, para ponernos a todos en relación de competencia, de antagonismo, de diferenciación “a priori”; y muchas veces en relación de guerra contra nuestra propia sangre y tierra. La realidad es que Nosotros estamos hechos de nuestra experiencia, en las relaciones que establecemos con "otros": en cada cicatriz y cada recuerdo, de cada imagen, sonido, sentimiento y afecto, estamos hechos. “Individualidad” para los burgueses-liberales quiere decir “ser-sin-división”: unidad despotica de un "Yo" en el corte radical con un "Otro". La verdad es que estamos atravesados por múltiples líneas: múltiples percepciones y múltiples afectos, incluso sentimientos oscuros difíciles de describir, lo que produce múltiples contradicciones, revoluciones en nosotros mismos. Multiples relaciones únicas de las cuales siempre se queda algo en nosotros. Estamos hechos de nuestras relaciones con otros, de los afectos que se desenvuelven en esas relaciones, de las lineas de fuga o microsegmentos que generan movimientos en nuestro ser. Deshacer la individualidad es repensarnos a nosotros mismos en la autorreflexión, criticar nuestros propios cimientos abstractos e ilusorios; destruir a Dios en nosotros mismos, nuestra propia individualidad -el Yo Sublime-, para descubrir la multiplicidad inmanente del ser. La unica forma de ser en plenitud, es vivir deacuerdo al no-ser que destruye al sistema. La multiplicidad y “manada” en la dinamica mente del brujo.

2) En concordancia con nuestro primer punto, debemos reconocer la cuestión de que cada “individuo” es Único en relación a otros. Pero cualquier aparente contradicción entre el ser Único y la manada, carece de sustento real. El Único es distinto del individuo que se subsume o abstrae de la masa. La “individualidad” es una cualidad abstracta que se afirma a priori, en la discriminación y enajenacion de los elementos que la relacionan con otra individualidad abstracta, ya sea con un "Tú", o con "la ciudad de Dios". En cambio, el Único es la lucha constante de lo crear lo diferente, del "no ser" enajenado dentro de la masa abstracta e individual de la propiedad. Despreciamos la individualidad porque es la representacion unitaria que reduce lo particular, dentro la masa, a la esencial inmutable: al contrario, el demiurgo es la representacion de lo social. El Único es mas bien la voluntad de vivir la experiencia deacuerdo a los afectos sin pretender tal esencia inmutable -el complejo de Dios. En este sentido, el Único no es un carácter decible, clasificable y estandarizable por los aparatos de control (como si lo es la individualidad abstracta del código capitalista y sus reducciones a unidades aparentes: del carnet, del RUT, del número de la cuenta bancaria, del nombre propio-formal, del cargo o posición que se ocupa dentro de una institución social, etc.). El Único es un no-lugar del ser, o mejor dicho, una suerte de lugar incognoscible, como la línea que se fuga, que pertenece al conjunto sin enajenar su voluntad a la esclavitud del líder abstracto-real; es una intención y un devenir del ser. El Único es lo que se descubre en otra persona en la concordancia de nuestra propia sangre y tierra, lo que nos deja sentir su afecto especial, creando el sentimiento único; tan particular que no puede ser expresado con palabras, sin expresar solo series de diferencias, pero que sin embargo se puede entender perfectamente desde el corazón-pasion. Es por esta razón que mientras la “individualidad” se afirma por una alianza contractual de formalidades, “el Único” se afirma a través de la alianza libre, espontánea y afectiva, ilícita e incluso demoniaca, en donde no existe Dios alguno: ni lider ni borrego. En esto consiste la alianza de los unicos en la manada.

3) Por lo tanto, la ejecución sincronizada de los cuerpos en la manada, no será ni una suerte de contrato entre individuos definidos, ni un acto de clase en el que sus componentes, forzosamente homogéneos, actúan por conciencia de pertenencia. La acción sincronizada de la multitud descolonizadora, que conforma las fuerzas volitivas contra el Estado, encuentra su realización más allá de los “caracteres” e “identidades” psico-sociales. La acción sincronizada se realiza en la destrucción permanente de la personalidad o identidad individual de los componentes de la banda que la llevan a cabo en movimiento de estampida, contra quienes quieren estandarizar la vida en la administracion de las funciones sociales por sus intereses egoistas-capitalistas de religiosos, politicos y empresarios. La alianza de los cuerpos se realiza en la substancialidad misma de la vida cotidiana, en tanto, sus componentes se unen espontaneamente como hermanos de sangre y tierra, y no como numeros programados en serie por ordenadores manejados por administradores. Las resistencias contra-hegemónicas se efectuaran de acuerdo a la coyuntura misma que los convoca. La acción sincronizada no es cuestión de "conciencia de clase", relación formal o disciplina, sino más bien, de corazones-pasiones que se articulan en la espontaneidad de sus afectos contra las fuerzas coloniales que los invaden -los capitalistas-, sus mentiras y traiciones; en el desate de las pasiones.

4) De esta “idea de ejecución sincronizada” (en la superación de la distincion entre lo estrictamente individual y lo estrictamente social), se deduce o aplica que los sedimentos mentales de "Yo" y de "red social" no se encuentren en una negativa tensión y contradicción paranoica. Cuando se operan relaciones estructuradas por el sistema, es decir, por las “fuerzas estructurantes del pensamiento y los sentidos”, se conjuga necesariamente esta contradicción: por una parte su Yo les dicta hacer lo que ellos desean, por otra, la red lo somete a enajenar su propia voluntad. Esta función mental del Yo realiza la contradicción de generar ideas que no se encuentran sincronizadas con la tierra y la sangre (a su propia naturaleza), sino sublimadas al espectáculo del mercado de los estilos de vida. La idea se realiza a través de las redes neuronales del cerebro, en las cuales se ejecuta su programa. Luego de que una idea adquiere su forma y se graba en el subconsciente se convierte en un “arco reflejo”. De esto que los individuos se generen ideas sublimadas, o por el contrario y en lo positivo sincronizadas. Si el individuo genera ideas que no encuentran su comprensión o sustento real en lo cotidiano, se producirán como ideas sublimadas, pues penden de un espectáculo-publicitario, de una contemplación ilusoria antes que de un afecto y relacion real con un "otro". He aquí su contradicción y razón paranoica. En la asimilación de la idea sublimada, que no encuentra su correspondencia en lo real, el Yo no logra confirmar su potencia creadora, pues solo es capaz de existir bajo la necesidad y la carencia de lo espectacular, de un nuevo dios fabricado en el “espectáculo” por las maquinas productivas del Capital. De esto que el corazón-pasion se vacíe de todo contenido real, y que cuando por fin pueda levantar la cabeza no allá nadie a su alrededor. De esto que lo que viva ya no le pertenezca. Y por fin, de esto que el arco reflejo, el pensamiento mismo se convierta en su propio mecanismo de tortura. Como un círculo vicioso, el arco reflejo de la idea sublimada comienza a estrangular el alma hasta la contradicción del Ego, y la paranoia. Por el contrario, la idea sincronizada encuentra su correspondencia real en la tierra y la sangre. En la tierra que es el contenido de su cotidianidad, y en la sangre que es el impulso y el deseo de su historia real. “Sustento real” es nosotros mismos, y nosotros mismos es experiencia pura más allá de lo individual y lo social; "caminar con el corazón", llegar a crear y conocer el propio canto secreto que emana desde las profundidades inconcientes del brujo.

A partir de estas condiciones se conforma nuestro propio Chayanco Huaka. El “Chayanco” o “Revisorio” es el gran espejo mágico que utilizaban los brujos del archipiélago de Chiloé. Este era colocado en uno de los rincones de la cueva que habitaban, y les servia para descubrir a los autores de los “males” de aquellos enfermos que acudían a ellos en demanda de justicia y de “meicina”, o en busca de un “contra”. A través de este artefacto los brujos podían ver todo lo que se propusieran. De igual forma Chayanco Huaka pretende ser un portal: Difusión de diagramas que permitan descubrir los “males” que afectan a los “enfermos”, y para todo aquel que quiera ejecutar su demanda de justicia, o la conformación de un contra-ataque de poder. Devenir la virtualidad del brujo: Su capacidad de claridad, su capacidad de poder-hacer, de vencer el miedo a morir, y con ello, perder el miedo de sebrepasar al sistema por el acto espontaneo. La virtualidad del brujo no puede reducirse a la unidad de Dios, como si fuera un producto enlatado en la estanteria de un supermercado. El gran espejo magico es al mismo tiempo la mente del brujo. El religioso mira al espejo y ve sobre su Yo, la ilusoria imagen de un Dios. Le engaña la imagen de si mismo, tal como Narciso sucumbe ante su propia imagen reflectada en el agua. El brujo mira su reflejo, pero mas alla de él logra verlo todo.

El brujo es al maldito o al criminal; asi como el esclavo es analogicamente a la puta del sistema y la autoridad. El brujo tiene contacto con el lado oscuro, realiza uniones ilicitas fuera del codigo religioso-penal, fuera de la ley, simplemente con imaginar y soñar despierto, siendo amigo de los monstruos sacados desde las profundidades mismas de su ser. Porque soñar tambien es ver. La religion del Capital no desea que sueñes, pues sus iglesias desean fabricar la ilusión y organizar el consumo de pesadillas obsesas de muerte. El brujo no sucumbe a la ilusión, el brujo ve mas alla. No busca encontrar respuesta en la imagen superficial de si mismo, sino que busca en los diversos pliegues de su ser. En las intensidades que lo llevan a visualizar el espejo de su interior, mas alla de si mismo. El brujo camina con todos los seres que ha conocido. El brujo no asesina su pasado a la manera del esclavo y el cobarde, sino que lo lleva plasmado en sus cicatrices. ¡Chayanco Huaka!. El brujo no esta hecho de imagenes estaticas de dioses prefabricados -ya sean derivados de un "Yo" o la "omnipotente estructura social"-, sino mas bien de los movimientos que recorren su cuerpo en la conexión real de la sangre y de la tierra. Responde al malgobierno con "claridad": descubre tu canto mas alla de tí, el antidoto real a los males reproducidos por todos los idolos terrestres y celestiales.




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jueves, 6 de enero de 2011

Lógica de la representación religiosa en la vida cotidiana (Dani Golem)


Este trabajo lo termine de realizar a finales del 2010 con motivo del tema "Naturaleza y Religion". Lo pongo a disposicion para quien desee revisarlo, criticarlo o simplemente quiera liberar un poco de su ocio, hacia un ensayo que analiza criticamente dos tipos de regimenes de signos establecidos por Deleuze y Guattari en su libro Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (el significante o circular y el postsignificante o lineal), basando en la investigacion de dos formalidades religiosas (la hebrea y la del antiguo egipto). Ademas realizo un estudio ocultista de los signos de cada regimen, para poder establecer mas claramente las correspondencia y entrecruzamientos de signo a signo en cada una de las semioticas.

De esta manera, entrelazando el metodo postestructuralista y ocultista de los signos complemente la interpretacion materialista de los cuerpos con la teologica de los espiritualistas.

Luego de este analisis realizo en encadenamiento de ambos regimenes, esto es, defino las dos logicas a las que remite basicamente cada signo en la vida cotidiana, y realizo la critica correspondiente a los sistemas de representacion, que trascienden lo elemental de la vida cotidiana, es decir, los afectos. En este sentido, este ensayo pretende ser un avance hacia una Teoria de los afectos, una teoria que explique el antagonismo inherente entre los afectos que construimos con nuestro mundo y las vacias representaciones que pretende atarlo a la necesidad.

Podria haber corregido y aumentado este trabajo, pero he decido publicarlo en su integridad, por respeto a quienes colaboraron en su realizacion.

Saludos...

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